Ureña o cómo matar seis toros dejando huella.
Lorca (Murcia), 30 de marzo.
Plaza de Sutullena.
Corrida de reinauguración de la plaza. Lleno de “No hay billetes”.
Toros de Juan Pedro Domecq, Victorino Martín, Fuente Ymbro, El Torero, Domingo Hernández y Hnos. García Jiménez.
Paco Ureña, que actúa como único espada, silencio, oreja, dos orejas y el rabo, ovación tras aviso, silencio y dos orejas.
Manolo Guillén
No fue esta la típica tarde triunfal, con todo a favor. Paco Ureña echó la tarde para adelante -muy ventosa y desapacible- con oficio, mucha seguridad y, sobre todo, mucha firmeza. También puso entrega y pasión.
Sobre todo con los dos mejores toros de la corrida que fueron los de Domingo Hernández y Victorino Martín, cada uno con sus matices y virtudes.
El de Domingo Hernández era un tacazo de toro, de enamorarse, cerraba la cara, un punto cubeto, armonioso. Un dije. De mucha clase y fuerzas limitadas, pero que permitió rebozarse de toro a Paco Ureña a lo largo de una faena maciza y de puro deleite. Finalizada en cercanías, manoletinas y estoconazo. Cayó el rabo.
Tampoco falló el cornipaso de Victorino Martín. Un toro fino, muy asaltillado y humillador, al que hizo las cosas perfectas: desde cambiarle los terrenos para sacárselo a los medios de salida hasta llegar a torearle al ralentí. Aunque le pinchó varias veces y perdió los trofeos.
La tarde tuvo tres partes bien diferenciadas. Esos dos toros mencionados fueron el meollo de la cuestión.
En los dos primeros turnos, había estado Ureña enorme pero quizás sin demasiado eco ante dos toros exigentes. El primero, de Juan Pedro Domecq, el más toro de la corrida, que había sido durete se había topado con la seguridad de un torero en plenitud. Por mucho que lo pinchara y perdiera los trofeos.
En segundo turno se había impuesto a la encastada movilidad de otro, con menos carnes, de Toros de El Torero, al que mató muy bien.
Y en la recta final del festejo aguardaban los dos toros más deslucidos. Uno blando y a menos de García Jiménez, al que cuajó a la verónica a pies juntos, y otro toro de poca clase de Fuente Ymbro al que le ganó la última oreja de la tarde, que paseó acompañado de su hija Cataleya, cuando llevaba dos horas y cuarenta minutos de encerrona.
Jamás decayó en entrega e ilusión. Resistió físicamente como para haber regalado dos sobreros.
En todos los toros cogió la mano izquierda, se atrevió con un galleo por rogerinas, un quite con el capote a la espalda en medio del vendaval, o un torerísimo inicio flexionando en redondo para aplacar al encastado toro de El Torero.
Brindó solo tres toros. El primero al público y luego, los de las dos mejores faenas a Pepin Jiménez y al empresario Ángel Bernal.
Salió a hombros después de dejar la huella imborrable del toreo verdadero sobre el flamante albero del “nuevo” Coso de Sutullena.









