Algemesí, 28 de septiembre. Quinta de feria. Lleno.
Erales de Daniel Ramos, desiguales de presentación dentro de una más que correcta apariencia de conjunto y con casta y bravura.
Pedro José Aguilar “Jareño” (de grana y oro), silencio y oreja.
Santiago Sevilla (de azul pavo y oro), silencio y silencio con aviso.
De las cuadrillas destacaron Puchol, Sergio Pérez y El Sirio.
Difícil, difícil y complicada fue la segunda prueba de la edición de este año del trofeo Naranja de Plata que la Comisión Taurina de Algemesí pone en juego y a tiro de los novilleros sin caballos. El encierro de Daniel Ramos -ganadero castellonense que de un tiempo a esta parte está demostrando afición, ganas y hacer las cosas bien- sacó movilidad, casta y, desde luego, bravura. Los erales lidiados, desiguales de presencia dentro de una muy correcta presencia de conjunto, tuvieron motor e hicieron sudar la gota gorda a sus matadores, que se las vieron y desearon para poder a sus oponentes.
La única oreja del festejo fue para el alumno de la Escuela de Málaga Pedro José Aguilar “El Jareño”, un chaval alto y con planta que acertó a someter por bajo a su segundo, doblándose con inteligencia para ahormar a un eral con cuajo y volumen que salió muy a su aire y al que dejaron crudo en el segundo tercio. Pero esa exigencia del novillero surtió efecto y el animal a partir de ahí tomó la muleta con mucha mayor docilidad, permitiendo al malagueño asentarse y torear templado en un trasteo del que se llevó esa solitaria oreja de la tarde y después de llevarse otra paliza al dejarse ver. Con su primero se equivocó al creerle muy justo de fuerza y no buscar quebrantarle más de la cuenta, siendo finalmente el astado, que tuvo un buen pitón izquierdo no del todo aprovechado, quien se hizo dueño de la situación y acabando el novillero por el aire.
El alumno de la Escuela de Valencia Santiago Sevilla se empeñó en ponerse bonito sin antes haber rebajado el ímpetu de su primer eral, sufriendo numerosos achuchones y volteretas, sin lograr fijar ni parar a un torito que no le dejó estar cómodo en ningún momento.
Aprendió la lección y con el cuarto ya buscó rebajarle a base de doblones y macheteo. El de Ramos tomó siempre el engaño con prontitud y nobleza, sin oponer grandes problemas y cuando el valenciano logró engancharle dejó series largas y limpias. Estuvo mucho rato con él y le echó ganas y coraje, perdiendo el premio al matar mal.









