Termina la temporada y arranca la campaña de resúmenes, análisis y estadísticas. Un año más, las figuras copan la atención mayoritaria y, lógicamente, mucho más espacio en los medios de comunicación (que aún tocan el tema taurino).

Oigo a algunos políticos hablar de forma insustancial de la abolición de la tauromaquia y a favor de unos cursis y postizos derechos de los animales y recuerdo a una señora paseando a su perro en el carrito de un bebé y a una niña que soñaba con ser la mami de un cachorro de sexo chico. A este paso acabaremos vistiendo a nuestras mascotas de traje y dándoles 20 euros para que vayan a comer al restaurante que elijan. 

Hay jóvenes hípermodernos que, tecleando sus móviles a velocidad vertiginosa, cuentan las corridas de toros a través de WhatsApp. Otros devoran pipas con un entusiasmo febril al tiempo que el torero realiza su faena. ¿Cómo se puede sentir la emoción del toreo así?  No me imagino a nadie escribiendo mensajes de teléfono ni comiendo pipas mientras Curro dibujaba una media en La Maestranza. 

Por más que nos empeñemos en convencernos de lo contrario, sobre todo a nosotros mismos, está claro que hay algo que no funciona como toca en este país antes llamado España y al que ahora muchos de los que aspiran a gobernar en él tienen reparos serios en decir su nombre. Y no es ya por que llevemos casi un año sin gobierno porque quienes se supone que deben regir esta nave medio a al deriva no se ponen de acuerdo. Y no es por cuestión de ideología o programa, sino por ansia de poder, revanchismo, soberbia o jactancia personal.

Quisiera equivocarme y constatar que los políticos dictadores que un día prohibieron y cercenaron libertades aún sin ajustarse a la legalidad, ahora se atienen a derecho y aceptan el dictamen del Tribunal Constitucional que no les da la razón. Quisiera comprobar que el regreso de los toros a Cataluña, además de algo lícito, no es una quimera. 

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