Hace unos días me han hecho un regalo formidable. Mi amigo Vicente Sobrino, conocedor de mi gusto por la hemeroteca, me ha regalado las colecciones, unas encuadernadas, otras no, de varias publicaciones que, desgraciadamente, hace años que dejaron de estar en los kioscos. Digame, El Ruedo y La Actualidad Española. Las dos primeras, bien conocidas por los aficionados, tenían como temática el mundo taurino.
Las cogidas sucedidas en 2019 han provocado que la temporada taurina haya acabado siendo terrible. Las cornadas sufridas por Gonzalo Caballero y Mariano de la Viña fueron tan impresionantes que taparon grandes éxitos y hasta otros percances de extrema gravedad, como el de Rafaelillo. Pero la tauromaquia sigue adelante con sus seres anacrónicos al frente, los toreros, auténticos héroes en el siglo XXI.
Con una clase práctica en Bocairente, organizada por la muy activa y encomiable Escuela de Tauromaquia de la Diputación de Valencia, la temporada en Valencia echó el cerrojazo. Una temporada, en términos contables, a la baja.
El Ilustre Colegio de Abogados de Valencia prepara una Jornada sobre el vínculo entre crueldad hacia los animales y violencia hacia las personas. En el programa no aparece la Tauromaquia, pero es de suponer que será uno de los temas que acabarán tratándose. No estaría mal que el sector taurino pidiese información sobre las materias que se impartirán en el curso y exigiera que en él no se falsee la verdad del toreo.
Al margen de la tan increíble como extraordinaria belleza que surge del duelo entre el hombre y el toro en el marco de una plaza y durante la celebración de un festejo -y de otras muchas connotaciones de orden tanto estético como técnico-, la verdadera grandeza del toreo estriba en la posibilidad cierta de la cornada. De la cogida. De unas consecuencias que pueden ser fatales.
Matadores, novilleros, becerristas, banderilleros y hasta monosabios resultaron cogidos de gravedad durante la última semana oficial de la temporada taurina en España. Y es que la gente del toro se juega la vida de verdad, una afirmación que, por manida, demasiadas veces provoca indiferencia.






