Al margen de la tan increíble como extraordinaria belleza que surge del duelo entre el hombre y el toro en el marco de una plaza y durante la celebración de un festejo -y de otras muchas connotaciones de orden tanto estético como técnico-, la verdadera grandeza del toreo estriba en la posibilidad cierta de la cornada. De la cogida. De unas consecuencias que pueden ser fatales.

Matadores, novilleros, becerristas, banderilleros y hasta monosabios resultaron cogidos de gravedad durante la última semana oficial de la temporada taurina en España. Y es que la gente del toro se juega la vida de verdad, una afirmación que, por manida, demasiadas veces provoca indiferencia.

Anda ya la temporada buscando las tablas y queriendo echarse cuanto antes. No ha sido un año fácil y su lidia, complicada. Graves percances, lesiones severas, retiradas, ausencias prolongadas, decisiones polémicas...

La última comparecencia de Antonio Ferrera en Madrid, una actuación en solitario durante la Feria de Otoño, ha desatado pasiones y rechazos. Con sus virtudes y defectos, Ferrera fue pasión, inspiración, serenidad, improvisación, variedad, dinamismo, arrebato, magia… Nadie se aburrió en una tarde completa de total entrega. Por supuesto que se está en el derecho de valorar si hubo momentos en los que no toreó con el asentamiento de no sé quién. Pero es que Ferrera no es ese “no sé quién”, sino él mismo, y así hay que aceptarlo.

Se han cumplido, y conmemorado, estos días distintas efemérides y aniversarios. Hace cien años, por ejemplo, tomaron la alternativa Manuel Jiménez “Chicuelo” y Juan Luis de la Rosa. Los dos se convirtieron en matadores el mismo día, el 28 de septiembre, y en la misma ciudad, Sevilla. Pero en distintas plazas. Aquel en La Maestranza, de manos de Juan Belmonte, este en la Monumental, teniendo como padrino a Gallito, promotor y artífice de lo que quiso que fuese un recinto extraordinario y con mucha mayor capacidad que el coso del Baratillo y que a su muerte, intereses y envidias, la llevaron al olvido y la desaparición.

A veces pienso que deberían suprimirse los trofeos finales de las ferias taurinas porque muchas veces son injustos y sólo valen para ganar disgustos, enfados y enemistades. No hay mejor recompensa que los aplausos y las orejas que otorga el público, y, por supuesto, que se vuelva a contratar a quienes se lo han ganado en el ruedo.

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