La muerte de Dámaso (no hace falta añadir el González) ha provocado un sinfín de comentarios y artículos glosando su figura como torero y como persona. Lisonjas a discreción. Siempre ocurre lo mismo en este país todavía llamado España, cuando uno se muere. En vida no vale un duro que te reconozcan las virtudes profesionales; te mueres, y revelan tu personalidad humana y profesional como si fueras el no va más.
A Dámaso (no hace falta el González) le persiguieron en vida con críticas a su toreo. Pilló una de las épocas más difíciles de la reciente historia del toreo: la imposición del guariismo en el toro, que provocó el cambio radical en su tamaño, y el “reinado” de ciertos santones de la crítica que, mientras unos se la cogían con papel de fumar otros anteponían cuestiones personales a las profesionales. Y Dámaso (no hace falta el González) fue uno de los perseguidos por tierra, mar y aire. Pocos le reconocieron sus méritos -el temple, por ejemplo, parece ser cosa descubierta a su muerte-, mientras que algún crítico, maltratador de profesión para ciertos toreros, incluso era capaz de contar los muletazos que daba a los toros. Y así, crearon escuela en los tendidos. Y así, crearon voz y voto en una afición que fue arrastrada por cierta corriente crítica que se erigió, en algunos casos, como protagonistas principales de una tauromaquia que no les pertenecía ni de hecho ni de derecho.
Aquella quinta de los Palomo, Paquirri, Dámaso, Manzanares y Capea, sobre todo estos cinco, fue perseguida con saña. De Palomo, por ejemplo, siempre dijeron que fue un producto de los Lozano. ¿De verdad? ¿No serían los Lozano, al fin y al cabo, un producto de Palomo? De Paquirri, para aligerar sus virtudes, que era un torero “atlético”; de Dámaso, que era un “pegapases”; a Manzanares le ridiculizaron su calidad; y a Capea, que mataba cucarachas con tanto zapatillazo. A la muerte de los cuatro primeros se reconocieron virtudes que en vida les negaron. La vida…¿no? No quiero pecar yo también de injusto, porque hay que reconocer que la mayoría de aquellos críticos tan acosadores con estos toreros ya no viven, por lo que nos hemos ahorrado algunas dosis de hipocresía en forma de artículos de prensa. Pero alguno queda, que yo lo sé.
Dámaso (no hace falta recordar el González) fue punto de mira para cierta crítica que se las daba de purista, de élite y no sé cuantas cosas más. Y, por lo tanto, pecaba de injusta, deliberadamente injusta con él. Un ejemplo: hace como treinta y algunos años, en Valencia, al margen del jurado de la Diputación, había algún otro que también sentenciaba por Fallas y Julio. En uno de estos, autodenominado por algunos de sus propios miembros como jurado de jurados, osé yo en cierta ocasión de nominar a Dámaso como triunfador de una feria. Que has dicho!!! Se tiraron como locos unos cuantos de aquellos, alguno tampoco vive ya, para mostrar su enojo con mi opinión. La razón que esgrimieron fue de matrícula de deshonor: “este jurado nunca podrá declarar como triunfador a un torero como Dámaso González”. Ahí quedó aquello para la historia. Aunque hay más recuerdos como aquél que no caben en esta ocasión en este artículo.
Me sonrojo estos días con algunos artículos o comentarios sobre Dámaso. Alguno de los que sobreviven a la quinta de aquella época nunca cantaron sus virtudes cuando tocaba. Pero sí le contaban los pases que daba a los toros, y se fijaban más en la colocación de la pañoleta que en los muletazos de temple con los que dominaba a los toros. Con desprecio. Con recochineo. Y crearon escuela en los tendidos. Y crearon voz y voto negativo hacia unos toreros que, a su muerte, los recuerdan como genios de la tauromaquia. Hipócritas!!! Menos mal que, pese a todo, Dámaso (no hace falta el González) fue ídolo de Valencia y su afición. Y a mucha honra.
Vicente Sobrino Gómez









