No hay agosto para julio. Artículo de Paco Delgado

Pese a lo mucho que se habló, y se escribió, sobre el frágil  entramado de la feria de julio de Valencia, la realidad, tozuda como  ella sola, se encargó de demostrar no sólo su vigencia sino algo  incontrovertible: mientras haya un toro que embista y un torero que  le plante cara, este espectáculo seguirá vivo.

Y al hablar de lo que ha sido este serial, no se le puede calificar  sino de notable y a diario hubo abundantes notas de interés. E  interés hubo ya en la novillada picada que abrió el abono,  accidentada y dramática, sí, pero con un encierro encastado y  exigente y novilleros que pagaron con sangre sus ganas, Jesús Chover  y Ángel Sánchez, y otro, Jorge Isiegas, que debutaba en esta plaza,  se las tuvo que ver con cuatro novillos de Los  Maños con picante y  complicaciones de distinto grado. El novillero aragonés, que escuchó  los tres avisos en su primero, fue a más, se asentó  y a punto estuvo  de salir a hombros.

No defraudó la corrida del viernes, el festejo estrella del serial,  en el que Manzanares regaló una obra de arte y abrió la puerta grande  tras apurar al mejor toro de un buen encierro de Núñez del Cuvillo.  Un astados que ya le gusto nada más salir por toriles y con el que se  lució al recibirle de capa. Luego toreó con empaque, gusto y  expresión, con mucha plástica y estética, pero también con no poco  mando, sin dejar que el toro se rajase y firmando una faena de muchos  quilates que rubricó con una fulminante estocada recibiendo.

Otra oreja pasearon un contundente Ginés Marín, que evidenció  frescura y talento, y Sebastián Castella, muy valiente y dispuesto  toda la tarde pero que acabó eclipsado por lo hecho por sus compañeros.

Paco Ureña fue el gran protagonista de la corrida del sábado, en la  que resultó cogido de muy mala manera al entrar a matar a su primero,  buscando amarrar una faena que había ido de menos a más, siendo  prendido por el muslo derecho y zamarreado de muy mala manera,  quedando inerte en el albero, aunque aún pudo ir a la enfermería por  su propio pie. Salió, bajo su responsabilidad, para lidiar al sexto,  con el que se lució al recibirle a la verónica, mostrándose muy firme  y aguantando las dudas que pudo tener un toro que acabó, como la  plaza entera, rendido a un torero que dejó una faena valentísima,  templada y redonda, con los mejores muletazos de la función y una  estocada a matar o morir, siendo incomprensible, y a todas luces  injusto, que no se le concediese la segunda oreja. No se trató con justicia al torero murciano.

Una oreja se llevó de su primero López Simón, que anduvo decidido y  valiente pero sin acoplarse con el manejable tercero y no tuvo  opciones con el con el rebrincado quinto, que nunca tuvo voluntad de  embestir, lunar de otro conjunto muy potable de Luis Algarra.

Y Román cerró la feria con otra demostración de que es un torero con  el que hay que contar, evidenciando no pocos progresos y estar mucho  más asentado. Y no escatimó esfuerzo ni valor para ello, enganchando  a la muleta a su primero, que echó las manos por delante y se  revolvió en el primer tercio, llevándole con temple y vaciando atrás  las embestidas de un toro que tuvo buen son pero acabó reservón. Al  natural dejó un par de series de mano bajísima y de no haber tardado  en matar, con revolcón incluido, hubiese tocado pelo.

Rafaelillo cumplió con lo que de el se esperaba y Alberto Gómez  justificó de sobra su inclusión en los carteles y solventó con oficio  la papeleta de matar una corrida de Cuadri, de desigual presentación,  con algún toro bastante por encima de los seiscientos kilos, bien  armada en conjunto pero sin el motor suficiente para soportar tanta  carne, exigiendo de sus matadores -a los que, sin ser especialmente  complicada, no dio facilidades- un plus para poder sacar provecho de  su condición, pidiendo, o precisando, una lidia que ni se lleva ni  admite la mayoría del público, que pide eso que ahora se ha dado en  llamar emoción estética.

Aunque nacido en Madrid y criado en Albacete, ha pasado ya más de media vida en Valencia, donde está afincado desde 1977. Socio fundador, en 1988, de la agencia de publicidad Avance D.P.S.L., sigue ejerciendo en ella como director de publicaciones y llevando el tema taurino en la misma.
Es responsable del área taurina de RNE en la Comunidad Valenciana y corresponsal del diario La Razón. Creador y director desde 1993 de Avance Taurino.

Es autor de más de setenta libros de temática taurina, entre ellos los resúmenes de las temporadas en la Comunidad Valenciana, desde 1994 hasta la actualidad; además ha escrito Historia de la tauromaquia en la Comunidad Valenciana, Una década en el ruedo, Tal día como hoy, El color en el toreo, De seda y oro, Historias de San Isidro, Historia de la plaza de toros de Alicante, Con la pata p’alante, Historia de la feria de fallas, Los toros son cultura ¡Claro que sí!, Caricatoros, Los toros en el siglo XXI, Camiserito… y las biografías de Vicente Barrera Cambra, Vicente Barrera Simó, Julián García, Maribel Atiénzar, Ivarito, Enrique Ponce o el toro Ratón…

Ha dado conferencias por toda España y comisariado y organizado exposiciones para Ayuntamientos, Diputaciones y numerosas entidades de nuestro país.