Según informa el psicólogo y profesor Serafín Aldea Muñoz en su trabajo “La influencia de la Nueva Televisión en las Emociones y Educación de los Niños”, publicado en la Revista Internacional de Psicología (https://revistapsicologia.org/index.php/revista/article/view/28) “Estudios de la Universidad de Stanford han demostrado que un niño medio de los EE.UU. ha presenciado, entre los 5 y los 14 años, veinte mil crímenes violentos que han alimentado su aparato mental.
José Aledón
Se ha investigado igualmente que la mayor parte de las series duran alrededor de una hora y durante la mayor parte de la trama, los criminales realizan sus fechorías con éxito, hasta que son castigados sólo en el momento final. Puesto que la mayor parte de los niños menores de 8 años no sostienen la atención más allá de media hora, aprenden en la película los procedimientos criminales sin que lleguen a aprender la moraleja final.
Además, a esa edad el niño no distingue bien entre realidad y fantasía, entonces todas esas escenas pueden almacenarse en la memoria como si hubiesen sido hechos reales.
El crimen y la violencia se tornan así en vivencias “normales” en la cotidianidad del niño.
Hace ya bastantes años que los científicos demostraron que los contenidos televisivos afectan a los niños y favorecen que estos imiten o reproduzcan los modelos de conducta que ven. Por eso resulta tan grave la exposición sistemática a imágenes violentas; los críos aprenden a resolver sus problemas con violencia y se vuelven insensibles ante las consecuencias derivadas a sus acciones.
Los niños que ven durante más horas la televisión son más agresivos y pesimistas, menos imaginativos y empáticos, tienden a ser más obesos y no son tan buenos estudiantes.
Está demostrado que el contenido de los mensajes de la televisión, sobre todo en el mundo occidental y más aún en los países subdesarrollados, es de baja calidad artística, con altos contenidos de violencia, agresión y exaltación de valores que no están de acuerdo con los intereses de nuestra sociedad”.
Cuando se demuestre que la asistencia a espectáculos taurinos supone igual o mayor riesgo físico y moral para el espectador, sea adulto o menor, que el que corre viendo la mayor parte de los programas de televisión, tendremos que plantearnos la supuesta nocividad de las corridas de toros.
Cuando algunos autonombrados defensores de la infancia clamen con la misma vehemencia contra los citados efectos nocivos de la televisión podremos empezar a pensar en los efectos que ellos dicen (sin aportar pruebas fehacientes) produce la Tauromaquia.







