Ni pan ni toros

Talavante y Roca Rey se llevaron una oreja por coleta en un festejo de poca emoción.

Valencia, 17 de julio
Segunda de feria.
Tres cuartos de entrada.
Toros de Juan Pedro Domecq, desiguales de presentación, poca fuerza y manejables.
Manzanares (de azul noche y oro), silencio tras aviso en su lote.
Talavante (de grana y oro), oreja y ovación tras aviso.
Roca Rey (de celeste y oro), silencio tras aviso y oreja.
Agustín de Espartinas se desmonteró al parear al sexto.

Paco Delgado

Foto: Mateo
Será por el calor, que no da tregua, será porque la terna ya se ha visto en esta plaza más que las barreras, será porque casi siempre hacen lo mismo, será porque el fin de semana la gente huye… no sé por qué será, pero lo bien cierto es que la plaza no se llenó en el segundo festejo del abono de julio, con un cartel de figuras y un diestro que es el que más tirón tiene ahora mismo. En fin… También se prescindió de la tradicional merienda, lo que se agradece, pero con ello la gente se quedó sin uno de los alicientes que tiene esta feria en un festejo que dio pocas alegrías.
Tuvo buen son de salida el que abrió plaza, al que dieron duro en varas, lo que acusó en su lidia posterior. Tampoco ayudó Manzanares en el primer tramo de su faena, destemplado y brusco. Luego se atemperó y ayudó más a su oponente, que tomó el engaño, siempre por el pitón derecho, con nobleza pero sin emoción.
El cuarto se tapó por la cara. Todo eran pitones. Y poca fuerza. Tampoco tuvo gracia, aunque compensó con su falta de malas ideas. Pee a todo, no se acopló nunca Manzanares con él, desplazando hacia afuera y dejándose enganchar al natural y abusando de medios pases y quitar la muleta sin apurar las embestidas. Mucho menos vaciarlas.
Se lució Talavante al quitar a su primero, respondiendo al punto Roca Rey, aunque el toro no ayudó mucho a dar realce a la cosa. Tras las banderillas se fue arriba el juanpedro, y aun sin humillar, embistió con celo y fijeza, muleteando su matador muy templado y compuesto, muy por encima asímismo de su oponente. Una estocada contraria pero eficaz puso en sus manos una oreja.
Entendió a la perfección al quinto, pese a que un exceso de confianza le dio un susto al abrir el trasteo de muleta. No se dejó impresionar Talavante por esa colada y dio rienda suelta a su imaginación, enjaretando una labor de muy largo metraje y poca quietud; de irregular contenido, con muchos guiños al público y embarullado final.
Cuidó mucho Roca Rey en varas al melocotón que hizo tercero. Aún así, al tercer ayudado -por alto- se fue al suelo… Tuvo que mimarle y cuidarle mucho el peruano, sin forzar ni exigir, teniendo que recurrir al arrimón y los adornos para levantar una faena que no tuvo nunca altura ni fondo alguno. Ni ptición suficiente para la concesión de trofeo.
Salió a por todas Roca con el sexto, combinando estatuarios con pases cambiados, ligando luego los derechazos en los medios a un antagonista nobilísimo, siempre humillado y sin protestar nunca… hasta que se acabó. Fue entonces el torero el que lo hizo todo, enloqueciendo a la tremenda a un público que pidió mayor premio y abroncó injustamente a una presidenta que estuvo en su sitio.

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