Los aficionados que llenaron La Maestranza sevillana, y los miles de espectadores que siguieron el festejo a través de la televisión, asistieron el pasado día 16 de abril -fecha ya para los anales- a un nuevo prodigio y vieron, en vivo y en directo, cómo se explica el toreo y cómo es capaz de conseguir un efecto mágico y contagioso que no tiene parangón en ningún otro espectáculo.
Morante, que unos días antes ya había puesto del revés el coso maestrante, lo volvió a hacer pero dando ahora otra vuelta de tuerca, enloqueciendo a una concurrencia a la que hizo vibrar con cada uno de sus movimientos, chispazos y ocurrencias en una actuación sencillamente excepcional.
No vale ahora el análisis post corrida, viendo a cámara lenta y muchas veces repetido cada uno de los momentos de lo sucedido en el ruedo entre el toro y el torero. El toreo es un arte fugaz y como tal hay que vivirlo y aceptarlo. Lo que vale, lo que cuenta, es la sensación que produce en ese instante preciso en el que se conjuntan y acoplan las dos partes. Son apenas décimas de segundo que en un santiamén crean una ilusión que se desvanece inmediatamente, casi a la par que se produce.
Y lo que pasó esa tarde fue algo fantástico que cuesta contar pero que permanece grabado en la memoria para siempre. Y ahí está su grandeza, su importancia y su trascendencia. Y lo que le diferencia de lo demás. De todo y de todos..
No hicieron falta orejas, que quedan sólo para la estadística y que confunden al personal a la hora de valorar lo hecho y lo visto. Tampoco, claro, se abrió la Puerta del Príncipe, por cuestión reglamentaria, pero el de La Puebla fue paseado por el ruedo a hombros de una multitud enloquecida que lo llevó luego en procesión por una Sevilla que todavía se frota los ojos. Y eso es lo que queda.
También anuló por completo a los diestros que ese día tuvieron la mala suerte de alternar con él. Nadie se acuerda de que se concedió una oreja del tercer toro de la tarde y mucho menos se echan cuentas de lo hecho por sus compañeros de terna. Toda la tinta, todos los bytes, todos los micrófonos fueron para José Antonio Morante Camacho, que en estos últimos cinco años ha dado un giro de 360 grados a su manera de ver, entender e interpretar el toreo. Claro que tenía razón cuando afirmó que no se acabó retirando a finales de la campaña pasada porque hace falta. Claro que hace falta. Mucha.
Es distinto, completamente distinto a todos los que se visten de luces desde la pandemia. Original, a pesar de que desempolva suertes y lances del pasado o de su imagen decimonónica. No se ajusta a la norma contemporánea ni, mucho menos, se ciñe al pegapasismo imperante. Va lo suyo, a su manera, sin clichés ni guiones establecidos de antemano. A golpe de inspiración. En una palabra, genial. O en dos, único y especial.
También el portento que firmó el otro día ha dado lugar, naturalmente, al ditirambo y la exageración y no han faltado plumas que le califican como el torero más importante de la historia de la tauromaquia. Hombre, no hemos visto torear sino en películas antiguas, y de muy poca calidad, a Gallito; ni a Belmonte; ni a Rafael El Gallo; ni al Guerra, ni al Espartero ni Machaquito; ni a Bombita, ni a los Gitanillo de Triana; ni a Granero, ni a Marcial, ni a Barrera Cambra ni a Félix Rodríguez ni a Manolo Bienvenida ni a Domingo Ortega; ni a Manolete ni a Pepe Luis ni a los Martín Vázquez; mucho menos a Costillares, los Romero de Ronda, Paquiro, Hillo, Cúchares, Lagartijo ni a Frascuelo, por no hacer larga la lista, pero sí hemos leído, y de gente autorizada, lo hecho por ellos y muchos más. Sí hemos visto a Ordóñez, a Luis Miguel Dominguín, a Diego Puerta, a Paco Camino, a El Viti y a El Cordobés; y a Dámaso, a El Niño de la Capea, a Joselito Arroyo, al grandísimo Ponce, a José Tomás y a muchos otros… por eso, darle el título de primus inter pares es, cuando menos, una hipérbole fruto del entusiasmo momentáneo. No hay que sacar las cosas fuera de quicio ni equivocar a la gente. Aunque, eso sí, Morante es ahora mismo el número uno sin discusión y a mucha diferencia del que le siga. Si fuese inglés y guitarrista alguien ya tendría que haber pintado en una pared: Morante is God.





