Debe tener recompensa. Cuando uno apuesta su vida de verdad, se impone a la fiera, emociona de forma unánime a una plaza entera y es aclamado como héroe victorioso por propios y extraños, lo lógico es que tenga recompensa. Máxime cuando todo ocurre en la plaza más importante e influyente del mundo. Paco Ureña protagonizó una de las actuaciones más sinceras, entregadas y sorprendentes de la pasada feria de San Isidro. En otros momentos eso le hubiera valido un botín de contratos. Pero, de momento, al torero murciano no le han llamado ni para un solo contrato.

Las Ventas siempre fue la plaza donde de verdad sirvieron los triunfos. Un éxito en la monumental madrileña abría las puertas de infinidad de ferias posteriores, bien por contratación directa, bien vía sustitución. Incluso la entrega total en el coso de la calle Alcalá, aún sin cortar orejas, comportaba nuevas oportunidades, máxime si de por medio había sucedido algún percance.
No sé si las cosas están cambiando o es que todavía es pronto, pero, de momento, hay demasiados toreros que han sobresalido en Madrid que continúan sin recibir el mínimo estímulo, y no sería bueno que Las Ventas se convirtiera en una plaza más; entre otras cosas porque no lo es.
A su arena saltan habitualmente los toros de trapío más imponente del campo bravo. En sus tendidos se alojan los aficionados más duros del orbe taurino. Y, por lo general, la prensa ejerce la crítica más exigente. Los coletudos pasan más miedos, preocupaciones y nervios que en ningún otro lugar, y acabar saliendo victorioso del envite bien vale la merecida recompensa.
Pero uno mira los nombres que han dejado su impronta en el ruedo de la capital y no encuentra la repercusión esperada. Salvo Sebastián Castella y Emilio de Justo, que antes de comenzar la campaña ya no tenían problemas para sumar festejos esta temporada, con el resto de triunfadores no se está haciendo la justicia esperada. Adrián de Torres, Ginés Marín, Fernando Robleño, Gómez del Pilar, Leo Valadez, Román, Francisco José Espada, José Garrido, Fernando Adrián, Uceda Leal o Álvaro Lorenzo son algunos de los coletudos que han tocado pelo o que han derramado su sangre sobre el albero venteño y para los que todavía no ha habido compensación.
Más delirante resulta el caso de Paco Ureña, que se jugó la vida sin trampa ni cartón en el cierre de San Isidro ante los de Victorino Martín. El murciano brindó una actuación sorprendente, de total abandono, de emoción desbordante. Varios de los pasajes que mayor asombro y admiración provocaron durante el ciclo llevaron su firma. Verdad desnuda despreciando la muerte en los pitones de una alimaña. Disposición y entrega absolutas. Una cogida brutal y luego otra más impactante. La sangre helada. El corazón en la boca. El torero noqueado; pero no. De forma asombrosa de nuevo a la cara del toro para mayor gloria del toreo. Y eso debe tener premio en forma de nuevos contratos; pero no. De forma inexplicable a seguir esperando.
Lo que le están haciendo pasar a Paco Ureña no es justo con él, ni con el público, ni con la tauromaquia. No se puede ser más hombre y más héroe que lo fue en Madrid, y no se puede ser más insensible e inmoral que la nueva clase empresarial. Un esfuerzo de superlativa magnitud en la primera plaza del mundo no puede pasar como si hubiese ocurrido en la portátil de un pueblecito recóndito ante toretes pastueños.
El pasado 4 de junio Ureña echó el cerrojo al ciclo isidril con una actuación heroica que nadie de cuantos la presenciaron podrá olvidar. Desde entonces se están cerrando nuevos seriales y se están negociando sustituciones. Pero el nombre del titán murciano no aparece en las quinielas. Si nadie lo remedia, su próxima actuación está prevista para el 27 de julio en Santander. Pasará casi dos meses sin vestirse de luces. Indecente. El sistema se lo tiene que hacer mirar.









