Pero a lo que iba. Llegarse con una hora de anticipación a los aledaños de la plaza, en pleno paseo Ribalta, es gozar del entremés de un espectáculo sin par y, gozar, así mismo, del ambiente callejero. Frente a la plaza, en el mismo Paseo Ribalta, o Parque Ribalta, tanto monta, es costumbre de años montar tenderetes de venta de artículos taurinos. De todo tipo. A todos precios. Desde camisetas, reivindicando els bous al carrer, por ejemplo, hasta muñecos playmóbil vestidos de toreros, camiones en miniatura para llevar toritos de plástico, placitas de toros de madera…cuernos, muletas, capotes…y elementos accesorios de vestir con motivos taurinos, como pulseras, anillos, bolsos…escarapelas, divisas, carteles de toros…La oferta es muy amplia y las tiendas ambulantes siempre están llenas de gentes, algunas con intención de comprar y otras que se acercan por pura curiosidad. Todo, digo, en el Paseo Ribalta, frente mismito a la puerta grande de la plaza castellonense.
Hay otros tenderetes, donde se vende toda clase de chucherías, para niños y mayores. Todo, repito, en el Parque Ribalta. Y ambiente, mucho ambiente.
El problema, cuando te llegas en tren, es cruzar la esplanada que hay frente al Corte Inglés, a dos pasos y medio de la plaza, donde antiguamente estaba ubicada la estación de Renfe. En esa esplanada el ruido es ensordecedor. Insoportable. Hay una o dos, o tres, carpas, o una gigantesca, no sé, en cuyo entorno se reúnen las gentes en su mayoría jóvenes para beber, reir, chillar y, en algunos casos, hasta canturrear. Los decibelios de la música se disparan de tal forma que hasta en la misma entrada de la plaza de toros se escuchan. Cruzar esa tierra de tantos, digo, es casi una odisea. Pero al final cruzas. Y llegas. Faltaría más.
Pero cuando llegas con tiempo por delante, y tras un paseo por los tenderetes del Paseo Ribalta, entras en la plaza con suficiente antelación como para ver a los operarios del coso regar con una manguera kilométrica, que sale de la misma puerta de cuadrillas y llega hasta el mismo platillo del ruedo. Escena ochocientesca. Varios operarios cargando y manteniendo sobre sus hombros aquella serpiente acuática, mientras el que la encabeza dirige el agua palmo a palmo por la arena del coso. Luego, una vez regado el ruedo, llegan otros dos operarios. Carretilla en ristre, dibujan con cal las circunferencias concéntricas del ruedo. Ni a compás les salen mejor. Uno es el que conduce el cachibache y el otro, con una varita que parece mágica, remueve la cal en su propia ubicación. Ver y creer.
Hoy llega la última. Y el ¡Magdalena Vitol!, que pondrá fin a la Fiesta. Las gaiatas apagarán sus luces. Los tenderetes del Paseo Ribalta, plegaran sus toldos. Y el cercanías Valencia-Castellón, y vuelta, volverá a ser un convoy con más asientos vacios que llenos.
Salut!!!









