El toro no es el único peligro al que se enfrenta un torero. La ausencia de enfermería, de un cirujano especializado o de unos servicios médicos adecuados, sigue poniendo en riesgo la vida de quienes hacen el paseíllo, especialmente en muchos festejos taurinos de América.

No hay enemigo pequeño. En la práctica del toreo nunca debe infravalorarse el peligro del astado al que se lidia. A Pepete lo mató “Jocinero”, un Miura en la plaza de Madrid, y a Antonio Bienvenida “Conocida”, una becerra de Pérez Tabernero en el campo. En el toreo, el tamaño no importa, o importa menos que el impacto que la presencia del animal puede provocar. Desde luego, impone más y entraña una mayor amenaza un toro serio, poderoso y correoso que otro sin trapío, con las fuerzas mermadas y la casta al límite. Pero el riesgo para la vida siempre está presente cuando enfrente hay un astado.
Hay otro peligro, generalmente despreciado, al que no suele concedérsele la importancia que merece: la enfermería, o mejor dicho, la ausencia de ella; la falta de un doctor capacitado y de un equipo quirúrgico y humano preparado para atender cualquier fatalidad y salvar una vida.
En España, la trágica muerte de Paquirri en Pozoblanco, a consecuencia de la cornada de “Avispado”, de Sayalero y Bandrés, sirvió para legislar unos servicios médicos mínimos y obligatorios en todos los recintos que organicen festejos taurinos. Pero, allende los mares, el marco legal en esta materia sigue siendo inexistente, y demasiados toreros desatienden esa circunstancia y hacen el paseíllo sin tener en cuenta que al peligro del astado se suma el de la falta de atención médica, una contingencia que, en muchas ocasiones, resulta incluso más determinante que la condición del antagonista al que se enfrentan.
Sin un equipo facultativo competente, cualquier cornada que, en principio, no debería revestir mayor gravedad, puede transformarse en un drama. Hace solo unos días lo sufrió en sus carnes Jordi Pérez “El Niño de las Monjas” en Monte Carmelo, un coso de Huallanca, localidad peruana donde no había enfermería y cuya posta de salud permanecía cerrada. Tras momentos de desesperación que hacían presagiar la tragedia, consiguieron estabilizarlo mediante una videollamada antes de emprender un traslado de tres horas hasta el hospital de Huaraz. Con una cornada en el cuello, que Jordi siga vivo pertenece, sin duda, a la categoría de los milagros.
Como él, muchos compañeros emprenden la aventura de anunciarse en plazas americanas de segundo y tercer orden buscando seguir sintiéndose toreros. Es algo totalmente lícito, pero también muy temerario. La falta de oportunidades induce a algunos matadores a probar fortuna al otro lado del Atlántico, especialmente en Perú, donde no hay mucho dinero que ganar, pero sí la posibilidad de seguir vistiendo el chispeante mientras esperan que algún contrato surja en casa y cambie su suerte.
Es su decisión y están en su derecho. Pero, aun comprendiendo el ansia por alcanzar su sueño, todos los coletudos, desde las grandes figuras hasta los más modestos, deberían unirse para exigir unos servicios médicos mínimos y obligatorios en todos los recintos del mundo que organicen festejos taurinos. Porque al peligro del toro no conviene añadir el de la ausencia de un equipo quirúrgico capacitado.









