La emoción no entiende de excesos. Artículo de Carlos Bueno

Hace tiempo que se confundieron conceptos. Hoy parece que una gran faena deba medirse por los minutos que dura y no por la emoción que transmite. Mientras el primer aviso se ha convertido en un invitado habitual, el toreo corre el riesgo de sacrificar la intensidad en favor de un metraje excesivo. Porque cuando una obra necesita alargarse para convencer, quizá el problema no sea el reloj, sino la propia faena.

 

 

Hay inercias que, poco a poco, terminan convirtiéndose en norma sin que apenas nos demos cuenta. Una de ellas es la excesiva duración de las faenas de muleta. Lo que hace unas décadas era una excepción hoy parece habitual: que suene el primer aviso mientras el matador continúa toreando como si el tiempo no existiera.

 

Hubo una época en la que escuchar un aviso era motivo de disgusto para cualquier torero. Significaba que la faena se había alargado más de la cuenta, que el espada no había sabido medir los tiempos o que el estoque se resistía demasiado. No estaba bien visto. Era un demérito, un error. Hoy, sin embargo, asistimos con demasiada frecuencia a un escenario bien distinto. El primer aviso se ha normalizado hasta el punto de que, en muchas ocasiones, llega cuando el torero ni siquiera se ha perfilado para entrar a matar.

 

Las razones pueden ser diversas, pero el resultado suele ser el mismo. Faenas que, tras una primera parte prometedora, entran en una prolongación innecesaria buscando un arrimón final con el que encender los tendidos a base de cercanías, desplantes y alardes. Recursos legítimos cuando nacen de la inspiración, pero que pierden buena parte de su fuerza cuando sirven para alargar artificialmente una labor que ya había dicho todo lo que tenía que decir.

 

En demasiadas ocasiones, ese exceso de metraje pretende compensar una intensidad que ha faltado desde el principio. Se busca emocionar por acumulación cuando la verdadera emoción nace de la autenticidad. Y la autenticidad no depende del número de muletazos, sino de la verdad y la profundidad con que se ejecutan.

 

Todos conservamos en la memoria faenas breves, compactas y rotundas de Juan Mora o de Luis Francisco Esplá, premiadas con las dos orejas sin necesidad de eternizar el trasteo. Obras de pocos muletazos pero de enorme contenido. Porque cuando una faena alcanza la plenitud, prolongarla sólo consigue diluir su impacto.

 

También resuenan con plena vigencia las enseñanzas del inolvidable Antonio Chenel “Antoñete”. Su filosofía era tan sencilla como sabia: “Hay faenas que duran cuatro minutos y demasiadas que duran diez. Pero en ninguna faena grande hay más de veinte muletazos perfectos”. Una sentencia que encierra toda una concepción del toreo. Saber cuándo empezar, cuándo alcanzar el clímax y, sobre todo, cuándo terminar. Esa capacidad para medir los tiempos forma parte del arte de torear tanto como el temple, el mando o el buen gusto.

 

Quizá ha llegado el momento de recuperar esa cultura de la síntesis. No se trata de hacer faenas cortas por sistema, sino de hacerlas completas. Y una faena está completa cuando ha expresado todo lo que el toro y el torero podían ofrecer, no cuando el cronómetro apura el límite reglamentario.

 

Porque el matador no debería confundir nunca calidad con cantidad. La grandeza de una obra no se mide por los minutos que dura, sino por el poso que deja. Al fin y al cabo, lo que permanece en la memoria del aficionado no es cuántos muletazos hubo, sino cuántos de ellos fueron verdaderamente inolvidables. Y esa emoción, la emoción de la rotundidad, nunca ha necesitado del exceso para abrirse camino.

Nació en Algemesí (Valencia) en 1968.

Director y presentador de programa taurino “El Corro” de Berca TV, Televisión de Algemesí, desde 1996.

Director y presentador del programa taurino “Patio de Cuadrillas” desde su creación en 2002, pasando por LP Radio, Punto Radio, Gestiona Radio e Intereconomía Radio.

Articulista de la revista “Avance Taurino” desde 1998.

Redactor del semanario taurino “Aplausos” desde junio de 2004 hasta agosto de 2005 y director del periódico “La Veu d’Algemesí”.

Ha escrito los libros «Luis Francisco Esplá, toreador», «Plaza de toros de Algemesí» y «Sueños de gloria».