Nadie mejor que el Rey puede representar a todos los españoles con independencia de sus tendencias. Nada mejor que una plaza de toros puede representar al conjunto de los españoles con independencia de sus inclinaciones. Felipe VI acudió al coso de Valencia y se encontró con el estado de la sociedad y la verdad del toreo.

Sol y sombra. Derechas e izquierdas. Barreras, tendidos y nayas. Los de abajo, los del centro y los de arriba. Ovaciones, pitos, división de opiniones. Tolerancia y exigencia. Sosiego y crispación. También gloria y tragedia. Una plaza de toros lo compendia todo. Ya dijo el filósofo y ensayista José Ortega y Gasset que “la tauromaquia es el espejo de España”. Desde luego, quien quiera conocer el estado de la sociedad sólo tiene que asomarse a un coso taurino. Y eso fue lo que se encontró su majestad Felipe VI el pasado 19 de marzo, cuando asistió a la última corrida de la feria de Fallas de Valencia.
Un espectador vociferaba sus pensamientos. Otro reclamaba música a destiempo. La mayoría atendían con expectación a cuanto sucedía sobre la arena. Todos se emocionaban con la verdad del toreo. Porque esa tarde hubo verdad de principio a fin. Entrega absoluta de los toreros. Bravura en los animales que vendieron caras sus embestidas. Nada fue fácil. Todo tuvo un mérito especial. Y su alteza pudo constatar la conmoción, la vibración y, sobre todo, el respeto que se vive en un coso. Respeto a los matadores y a la hazaña que suponen sus actuaciones; respeto y veneración por un animal único y totémico; y respeto a las personas, sus creencias y filiaciones.
Porque los graderíos albergan todo tipo de tendencias e inclinaciones. Hay fachas, moderados y rojos. Hay monárquicos y republicanos. Y todos cohabitan en mágica tolerancia, compostura y urbanidad. Lo vivió en primera persona el rey, a quien recibieron y trataron con total deferencia. Y conoció lo que es la tauromaquia: pasión, disposición, entusiasmo y éxtasis. Preciosista por momentos, dramática también. Hubo pases buenos, de olé largo y pellizco en el alma. Hubo sobresaltos de bocado en el estómago. Hubo toreo de piel erizada. Bravos que se arrancaron de lejos. Puyazos que engrandecieron el tercio de varas. Arte y gestas. Triunfo admirable y cogida espeluznante que da sentido a todo.
Vuelva don Felipe, porque usted representa al pueblo y ningún otro sitio representa mejor a la sociedad que una plaza. Vuelva porque nuestros políticos se han apropiado o han desdeñado los toros sin entender que pertenecen al pueblo. Vuelva porque hace falta gente libre y sin prejuicios. Vuelva porque, sin duda, la tauromaquia es espejo de España; porque es verdad en un mundo de imposturas e intereses amagados.
Agradecemos su cortesía de llegar al coso a pie, atendiendo a la gente entre una marabunta curiosa. Agradecemos el interés mostrado durante la función. Agradecemos su infinita paciencia al abandonar su localidad, una labor extenuante al complacer al tumulto que le esperaba a la salida del vomitorio para estrechar su mano. Agradecemos el detalle de acudir a la enfermería para visitar al diestro herido. Agradecemos que muestre que es un ser terrenal y sensible. Agradeceremos que siga manifestándose así, sincero y de verdad, como es la tauromaquia. Porque lo que comprobó en Valencia es la verdad del toreo.









