Este escrito no es un obituario ni una recopilación de datos, que ya han reflejado a estas alturas otros compañeros. Es el recuerdo personal de un torero que me marcó.
José R. Palomar
Un sentido recuerdo de un diestro que marcó mi infancia y adolescencia como aficionado. Uno de los toreros que más me marcaron fue Dámaso González. Pero no menos importante, aunque seguramente no tan popular, fue Dámaso Gómez. En Barcelona tuvo un inmenso cartel y resolvía las temporadas gracias a sus actuaciones en la Monumental, donde tomó la alternativa, además de las Ventas madrileña. Y también en Salamanca, donde tenía fuertes vínculos.
Tenía una marcada personalidad. En mi retina se agolpan recuerdos curiosos. Cuando salía al ruedo para iniciar el paseíllo se situaba a una distancia muy exagerada respecto a sus compañeros de terna. Siempre a la izquierda, porque era el más veterano, y casi cercano a los tendidos de sol…Este aspecto provocaba el comentario jocoso con mi hermano mayor : ver cómo el bueno de Dámaso no guardaba “las distancias de la ortodoxia” en un capítulo tan vistoso como es el paseíllo, inicio del rito de la corrida de toros.
Al ser de carácter dicharachero, no le importaba charlar o hacer comentarios a los espectadores. Recuerdo como en una ocasión, el toro estaba imposible para doblar las manos y pasar a mejor vida tras la estocada. Dámaso se empeñó con el descabello, pero no había forma de acabar con él, hasta que a un espectador que estaba en barrera- primera fila le dijo: “¡está tapado!”, cuando el público empezaba a impacientarse…Era diestro fácil y poderoso, pero no por ello dejó de sufrir serias cornadas. En una ocasión y poniendo banderillas resultó volteado, y recuerdo perfectamente como quedó inerte en la arena de la Monumental. Se había desmayado por el dolor fruto de la fractura de clavícula, y recobró la conciencia ya en la enfermería. Fue un percance grave y se recuperó, porque era hombre fuerte y atlético. Por cierto y referente al segundo tercio, no hacía ascos a coger los palitroques. Lo hacía sin provocar, como otros toreros de la época, los pitos iniciales dejando que los subalternos cogieran, en primera instancia, las banderillas. Prácticamente siempre decidía llevar él mismo el tercio y se dirigía con hacia el morlaco con aire decidido…
Una de sus mejores actuaciones, por no decir la mejor, en la Monumental fue en una corrida de doce toros en la década de los setenta. En su segundo astado, que hacía el séptimo de la tarde, armó un lío de Puerta Grande pero el presidente sólo le otorgó un trofeo, lo que provocó un auténtico escándalo y que Dámaso se viera obligado por el público a dar cuatro vueltas al ruedo. Dato para la historia…
Dámaso Gómez no era torero de masas y difícilmente sumaba muchas corridas a lo largo del año, pero en Barcelona era pieza imprescindible en la temporada y a veces Balañá le ponía en los últimos festejos, cuando ya “estaba todo el pescado vendido”. O puede que en los primeros, sin que la temporada hubiera alcanzado su punto álgido, incluso en Agosto, mientras la ciudad se vaciaba. Pero siempre con las corridas más difíciles. Recuerdo una tarde portentosa donde lidió a un toro muy complicado y creo que cortó una oreja, quizá dos…Al acabar el festejo uno, que era todavía adolescente, se sentía un privilegiado al ver en el patio de caballos como el matador se dirigía hacia el coche, antes de emprender camino del hotel. Él tenía muchos partidarios y y rodeado de muchos de ellos, entre los que me encontraba junto a mi hermano Manuel, charlaba distendidamente. Y al preguntarle alguien cuando volvería respondió “ el año que viene por estas fechas”, con aire resignado y la sonrisa en los labios. Un rosario de felicitaciones antes de que pudiera cerrar la puerta del coche de toreros. Sabedor de que resolvería la papeleta del empresario en esas fechas difíciles de otoño… Lidiaba toda clase de hierros pero especialmente los que en la modernidad se considera “ganaderías duras”. Siempre pensé- y pienso-que no se le dio la importancia que realmente tuvo. Y por eso me dio pena que se fuera de los ruedos no en olor de multitudes, pero sí con el íntimo agradecimiento de los aficionados, que subimos paladear su sapiencia, profesionalidad, y unas virtudes personales que le hacían distinto a todos.









