Emeregencia sanitaria. Las personas primero

Espero no descubrir nada nuevo al afirmar que la sociedad está sumida en una crisis sanitaria y económica cuyo alcance es inimaginable en este momento. Al sufrimiento e inquietud de la población por el confinamiento y el miedo al contagio se añade inevitablemente la incertidumbre de saber que sucederá a corto y medio plazo con nuestros puestos de trabajo y cuándo podremos recuperar nuestra vida anterior.

 

Mientras estos fantasmas, con visos de realidad, atosigan las mentes de un gran número de ciudadanos algunos políticos ya han empezado a darse caña utilizando para ello, de una forma vergonzante y amoral, los muertos acaecidos en la pandemia del coronavirus o COVID-19; empecinados al parecer en no perder la oportunidad de volver a transmitir a la ciudadanía de este país que, como casi siempre, no están a la altura de las circunstancias.

Con ello no se quiere decir que, tras ganar la contienda a este bichito que ha puesto el mundo patas arriba, no se pidan responsabilidades sobre el cuándo y el cómo se actuó en cada momento y si estas circunstancias conllevaron o no perjuicios evitables a la población. Para hacer pagar los errores cometidos, por activa o por pasiva, están la justicia y las elecciones.

Lo evidente, en mi opinión, es que el objetivo fundamental que persiguen estos cuantos desvergonzados es conseguir unos votos más por aquí o por allá utilizando lo que sea y sin ninguna medida, colocando sin ningún rubor sus intereses de partido o particulares por encima de los colectivos de la ciudadanía, al tiempo que intentan convencernos de que son políticos y que su vocación es la del servicio público y que, por tanto, todo lo que hacen es por el bien común.

La expresión política tiene una procedencia etimológica de los vocablos griegos polis, ciudad, y politikós, de los ciudadanos o del estado, puesto que en la Grecia clásica la ciudad era la única unidad estatal existente. Así pues, para los griegos los asuntos de la ciudad o del estado eran asuntos de todos los ciudadanos y los denominaron politikoi, para diferenciarlos de los intereses o temas privados de los ciudadanos denominados idiotikós o “privados”. Con el paso del tiempo el término evolucionó a idiotes que viene a significar “ciudadanos privados”, -y que se utilizaba para designar a los que no se preocupaban de los temas concernientes a las pólis, es decir a las ciudades, y con ello a sus habitantes, los ciudadanos-, y unos siglos más tarde se vino a transformar en la expresión idiota para designar a los incultos.

Con esta reflexión de base etimológica no pretendo llamar idiotes e idiotas a todos los que se dedican a la política, pues conozco también a otros no muy alejados de mí que cumplen su función con mesura, altruismo, solidaridad y buscando, por encima de sus intereses personales, el bien común. Con el resto, utilizando estos dos vocablos me quedo corto, y les diría, que además del engaño, es una idiotez dedicarse a la política sin pretender con ella el bien social, pues antes o después se descubrirá que sus verdaderas intenciones son particulares o partidistas, como viene sucediendo a menudo.

Así pues estos individuos a los que nos referimos, que no responden a los intereses ciudadanos sino a sus propios intereses y que se autodenominan políticos, podríamos catalogarlos en la actualidad como unos idiotas o idiotes, que creen que los idiotas somos todos los demás.

 

Cristóbal Zaragoza

Cirujano Jefe de la Plaza de Toros de Valencia

Miembro de Honor de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas