Dos dinastías taurinas cartageneras con historias increíbles y paralelas. Dos vidas que acabaron las dos el pasado mes de noviembre. Dos aficiones comunes apasionadas : los toros. Dos amores eternos : Cartagena. Dos actividades conjuntas : conserjes de la plaza de toros de Cartagena. Dos personas inolvidables. Dos biografías de película.
Ricardo Díaz-Manresa
Juan Cánovas Alcaraz y Pedro Sáez Zamora son los protagonistas.
Dos integrantes de unas dinastías taurinas humildes pero hermosas.
Dos personas que murieron con 21 días de diferencia, en el pasado noviembre.
Y al enterrar al segundo comprobaron sorprendidos que sus tumbas están muy cercanas.
Juntos hasta la eternidad.
Dinastías para recordarlas.
La de Juan, cuyo abuelo del mismo nombre, su padre, Víctor, y él, otro Juan, fueron conserjes siempre. Y que ahora el de la cuarta generación, Víctor Manuel, lo será en cuanto haya un coso multiusos que espero llegue pronto.
La de Pedro, cuya abuela trabajó ya en la plaza de toros con la hermana del matador de toros cartagenero, Enrique Cano “Gavira”. Cuya mujer también fue empleada del coso. Y él, conserje toda la vida. Con dos hijos novilleros, Juan y Pedro, y un nieto, Raúl, de grandes cualidades toreras.
Y los dos siguiendo siendo fieles al toreo y a su puesto de trabajo con la siguiente originalidad. Ya va para 33 años que la plaza está cerrada. Y ya otros cuantos desde que empezaron a excavar el subsuelo donde hay un fantástico Anfiteatro romano, pero ellos siguieron con la esperanza de que alguna vez la abrieran o de ver la nueva, el coso multiusos proyectado y cada vez –parece- más cercano, según del Presidente del Foro Taurino y Cultural de Cartagena y su Comarca, Paco Vera.
Incluso Juan le preguntaba a su hijo Víctor Manuel, ya cercana su muerte, dónde estaba la llave de la plaza, llave desaparecida, o en la casa de algún familiar o en las manos de los arqueólogos.
Juan era un hombre con múltiples actividades –profesor, sindicalista, político, parte destacada de la Semana Santa, etc, con poco tiempo libre y una familia larga y una salud deteriorada en los últimos años. Pues bien, en su esquela protagonizó una increíble historia de amor y fidelidad : bajo su nombre sólo apareció una actividad. ¡Conserje de la plaza de toros! Había vivido allí gran parte de sus 75 años. Y fue protagonista en su niñez de una anécdota que podía haber sido comentario mundial en las redes sociales (que no había entonces). De niño, jugaba en su casa, la plaza, con otro niño y se le cayó la pelota a los chiqueros. Bajó rápido a recoger su balón y se metió en un chiquero…¡donde había un toro! El toro se limitó a mirarlo y salió tranquilamente con su balón para seguir jugando ante la mirada aterrorizada de los que vieron la anécdota. ¡Si hubiera habido entonces un móvil para grabar la historia!…
Pedro estaba más dedicado a la plaza. Hasta tal punto que iba ¡todos los días a limpiarla y a mantenerla en buen estado…aunque permanecía cerrada y sin futuro!. Me decía su hijo Pedro:
– Estaba más tiempo en la plaza que en nuestra casa, con su familia.
Un caso de fidelidad y cariño. Hasta que cayó enfermo no falló y hasta los 91 años estuvo soñando con ver la nueva plaza, donde en todos los paseíllo se tocaría el pasodoble hecho en Cartagena “ Suspìros de España”. Suspiraba por la plaza y por el toro.
Verlo subir cada día, y mañana y tarde, la cuesta de la calle del Ángel, en donde desembocaba la plaza, era todo un lujo.
He visto a todos los toreros de los últimos 60 años, entrevistado a bastantes, hablado con muchos. Y asimismo con ganaderos, empresarios, taurinos en general y aficionados muy buenos. Poquísimos he visto que vieran mejor el toreo y lo explicaran tan claro con muy pocas palabras. Se merecía haber sido valorado mucho más en vida. Fue mi maestro.
Le preguntaba por toreros para oir su opinión y me guardaba la mía. ¡Raro que no coincidiéramos!
De muy jóvenes, tras la corrida en la plaza de Cartagena, me metía en el desolladero con otros tres amigos, pero éramos dos los que llevábamos la voz cantante. Íbamos a comprobar cómo estaban los pitones y sobre todo a ver la boca de los toros por si tenían o no la edad reglamentaria. La dentadura era en aquellos años la única prueba. Nos poníamos perdidos de sangre los zapatos y los matarifes querían echarnos por ser cuatro jovencitos impertinentes. Un día nos iban a echar cuando entró Pedro y dijo:
-Estos saben lo que hacen. Dejadlos que acaben.
Desde entonces fue mi padre taurino para toda la vida y nos dio el aval para hacer de presidentes, veterinarios y lo que fuera dentro del desolladero. Nada menos que cuatro críos certificaban que los toros lidiados en Cartagena tenían o no la edad reglamentaria. Y los pitones en regla. Por pura afición, por cuiosidad.
Con la sorna o el humor cartagenero, que no se entiende del todo bien porque es muy suyo, Juan le dijo a Pedro:
-Llevamos años con la plaza cerrada, pero una plaza no puede estar sin animales. Mete algunos perros o gallinas en los corrales… Y allí estuvieron años.
Una pareja así merecía un monumental homenaje y se lo hicimos en el Hotel Alfonso XIII hace unos días ante sus largas familias completas y el pueblo de Cartagena.









