Es cierto que vivían días convulsos. Días en dónde la prudencia la transformaron en miedo. Entre esta marabunta de terror, de pánico concebido a la sombra del poder, nadaban los mortales.
Pilar Guardiola Flores
Por el contrario, los corona-gobernantes vivían felices en su olimpo particular. Así, convocaban alegres fiestas que demostraban la innecesaria prudencia que el olimpo otorga a sus dioses.
Mientras en la otra parte del mundo se trabajaba a destajo y con medidas al límite para contener una plaga bíblica, en el olimpo español se convocaba una fiesta multitudinaria y reivindicativa en la que dioses y diosas se besaban y abrazaban con afecto y amor. Eso sí, para solidarizarse con los humanos, cubrían sus manos con coloridos guantes que aportaban peculiaridad a la alegría de la fiesta. España era un lugar seguro y feliz en dónde la palabra ALERTA carecía de sentido.
De pronto, un día, comenzaron rumores de que el monstruo invisible que destruía Asia volvía sus mortales ojos para mirar a Europa. Y así fue.
Todo comenzó en la vecina Italia. Los rumores se transformaron en certezas. El viento del contagio sopló y el mal se extendió por la vieja Europa, y los corona-gobernantes se dieron cuenta de que llegaban tarde sus medidas de prevención y abrieron mucho los ojos y un ¡Ohhhh! general salió de sus bocas y con sus ojos muy abiertos y asombrados pudieron contemplar como la certeza tomaba forma debajo de un microscopio. Y el mal se transformó en pandemia y entonces, solo entonces, nuestros corona-gobernantes comprobaron que aquél microscópico fantasma, destruía sin piedad vidas humanas, sin clase ni condición pues sus tentáculos ya habían atrapado a numerosos miembros del olimpo. Presos del pánico y en su loca carrera por frenar aquel terror que llegaba para quedarse, decidieron elaborar medidas diarias de contención y transmitirlas a los humanos que en la vanguardia habían comenzado a luchar contra un enemigo invisible que se instalaba en sus cuerpos.
Para este fin, eligieron un dios de crispada cabellera blanca y ropajes mendicantes que día a día saludaba a los mortales y les recetaba las dosis medicinales que poco a poco iban decretando los gobernantes.
Mientras tanto, en el país de los mortales, los ciudadanos con espartana solidaridad tomaban las medicinas que a cuenta gotas se escurrían por las reuniones del poder.
Referente a la festivalera y contagiosa manifestación que con calor, amor y besos extendió el mal por los rincones del tranquilo olimpo, el pueblo hablaba y se avergonzaba de aquellos infectados dirigentes que según su refranero popular recordaba: “Consejos vendo que para mí no tengo”.
Y ocurrió. Y llegó el día en que los corona-dirigentes despertaron totalmente. Y con una nueva versión del “corre, corre que te pillo”, decretaron el estado de ALERTA MÁXIMA. Prohibieron a los mortales salir de sus casas. Cerraron parques y jardines y desde su olimpo, los corona gobernantes acordaron: “Que los niños mortales, no podrían correr, montar en bici…En definitiva, prohibieron cubrir necesidades que los pequeños requerían para el buen funcionamiento de mente y cuerpo. No. Los niños no. Los pequeños, deberían de estar encerrados en casa quince días con sus quince noches, apelando a una contención física e infantil, azote de padres y vecinos.
Por el contrario, paradoja de los corona-gobernantes, los pobres animales sí podrían respirar el aire del olimpo por dos razones: El desfogue y la micción. Animales sí. Niños no.
Mientras tanto, la población que había acatado espartanamente las extremas medidas del corona-gobierno, observaba con estupor como el Dios del olimpo se presentaba en sus sesudas reuniones junto a los liberadores patrios, sin mascarillas, tocándose la cara y demostrando que hay seres superiores, y que las normas de alerta extrema son para los súbditos que bondadosamente agachan la cabeza, se quedan en sus casas y se preguntan el porqué las mismas normas prohíban a los humanos y permitan a los animales.
Tiempos de locura…









