De nuevo los responsables políticos de la Comunidad Valenciana han dejado ver su desprecio por el espectáculo taurino.
Con la celebración el pasado fin de semana de la eliminatoria de cuartos de final de la Copa Davis en la plaza de toros de Valencia – todo un espectáculo en un marco inigualable, con una organización impecable, un público volcado, a pesar del mal tiempo, y la victoria final del equipo español sobre el alemán- han quedado, al menos, dos cosas muy claras: la primera es el enorme potencial que tiene el coso de Monleón, capaz de albergar con una extraordinaria solvencia cualquier tipo de evento, ya sea cultural o de otra índole, dada su perfecta ubicación en pleno centro de la ciudad, fenomenalmente comunicada y con un aforo ideal para acoger acontecimientos de la mas diversa naturaleza. Lo que, por otra parte ya se demostró hace años cuando en él se daban toda clase de acontecimientos y, desde el año pasado, ha vuelto a quedar patente con su utilización como espacio expositivo.
Por otra parte también se ha demostrado la inquina de las autoridades municipales hacia el hecho taurómaco cuando ahora han dado todo tipo de facilidades y autorizado hasta el corte de alguna calle para instalar a los equipos de televisión y medios de comunicación que cubrieron esta eliminatoria tenística; todo lo contrario que cuando se ha solicitado lo mismo para la retransmisión de la feria taurina de fallas o para el montaje de alguna instalación que acogiese actos culturales y sociales en un ángulo de la explanada que la rodea, cosa que se ha negado para los toros y ahora se ha autorizado que se ocupe no sólo una parte, sino toda ella, pagando además los 300.000 euros del canon que exige la organización de la Copa Davis y negando cualquier tipo de publicidad o subvención para festejos taurinos. O, en otro orden de cosas, acudiendo en grupo a presenciar alguno de los partidos y huyendo como del demonio cuando, como máxima autoridad municipal, deberían dejarse ver en unos festejos que ponen a la ciudad que gobiernan en el centro de la actualidad y en todo el mundo.
Tenemos el mayor espectáculo que contemplarse pueda, el de los toros, evidentemente, pero nos empeñamos en hacerlo de menos, en despreciarlo -por cuestión política, ideológica y desconocimiento- y, al final, no son pocas las voces que dicen que entre todos -aquí también habría que hablar de la incapacidad de la clase dirigente taurina para defenderlo y potenciarlo-, puede que hasta nos lo terminemos cargando.
Aunque, personalmente, creo que es tal la fuerza de la tauromaquia que eso no ocurrirá. Lo que, por ejemplo, se demuestra en la influencia recíproca que hubo esos tres días de abril entre dos mundos tan distintos. La plaza de toros de Valencia se impregnó con el espíritu de la Copa Davis y el tenis y la Copa Davis se roció a conciencia con la esencia de la plaza y su significado. Y el resultado ha sido histórico y no se olvidará. De momento, los organizadores han quedado encantados y Valencia y su plaza ya se han postulado para acoger una hipotética final de esta competición. Y los de su equivalente en versión femenina, la Copa Federación…
Ojalá que sean otras muchas las que recalen en ella y eso sirva para dinamizar un edificio que es uno de los emblemas de la ciudad.









