Hace unos días, en la tertulia del programa taurino de Movistar, moderada en esta ocasión por Rubén Amón, el matador de toros retirado Roberto Domínguez contó una curiosa anécdota que, con permiso de los lectores, voy a repetir.
Decía Roberto Domínguez que su tío Fernando, uno de los toreros dotado de unas extraordinarias cualidades artísticas para su profesión, tuvo que pasar por muchas dificultades para ser figura.
Los grandes éxitos llegaron poco antes de su alternativa. Por ello se escogió la plaza de Valencia para el doctorado que tuvo lugar el día 5 de Julio de 1.930.
El cartel no pudo ser más interesante. El ídolo en aquellos días en la afición valenciana era Vicente Barrera, que fue el padrino de la ceremonia, Los otros espadas fueron, Domingo Ortega y Victoriano de la Serna, como verán un cartel de lujo. Los toros de Manuel Camacho.
El éxito fue tal, que su cartel subió de manera extraordinaria.
Pocos días después se le contrató en Madrid, con resultado más bien negativo, por el deficiente juego que dieron los toros.
Domínguez lo quiso arreglar al día siguiente en una corrida en la que estaba contratado en la plaza francesa de Burdeos, que a la sazón era de las más importantes de Francia. Por hacer un simil, Burdeos era entonces, lo que hoy día supone Nimes o Arles.
En Burdeos Fernando Domínguez se encontró ante un toro extraordinario por su trapío, bravura y nobleza que le permitió que las ovaciones se sucedieran en los primeros tercios. En definitiva un gran toro para triunfar por lo grande.
Al iniciarse el tercio de muerte y antes de coger la muleta el banderillero de confianza le preguntó como era habitual:
¿Donde se lo pongo, maestro?
La repuesta fue. Ayer por la tarde en Madrid.









