
Enrique Amat
Aquel día, el cuarto de la tarde, de nombre Avispado y perteneciente a la ganadería de Sayalero y Bandrés, cogió al torero de Barbate toreando con el capote. De resultas de la cornada, el famoso coletudo falleció cuando era trasladado desde la enfermería de la plaza de toros a un hospital de Córdoba. Aquel día completaban el cartel en esta plaza de la serranía cordobesa José Cubero Yiyo y Vicente Ruiz El Soro.
Francisco Rivera se encontraba ya en el epílogo de una carrera que había sido brillante. Torero poderoso, de excepcionales facultades, con gran sentido del deber, con un extraordinario respeto a su profesión. Variado capoteador, vistoso en banderillas, excelente dominador de los astados con la muleta y con un gran estilo estoqueador, se mantuvo en cabeza del escalafón durante muchas temporadas.
Un año después de su muerte, los periodistas Jose Carlos Arevalo y José Antonio del Moral publicaron, en aquella célebre colección La Tauromaquias que patrocinaba la editorial Espasa Calpe, un libro titulado “Nacido para morir”. Fue el libro que abrió está importante colección.
A lo largo de sis 410 páginas, se recoge una muy documentada semblanza con gran cantidad de datos, fotografías y entrevistas. En el se traza un completo, sugestivo, ameno y profundo recorrido por lo que fue la trayectoria profesional, personal y vital de este torero. Un libro que hoy sigue teniendo actualidad Y cuya lectura es más que recomendable. Y más, en un fin de semana sin toros como este, en el que los aficionados, en concreto los valencianos, no podemos ir Algemesi a disfrutar de su feria. Un buen momento para sentarse cada uno en su sillón favorito y recordar, de la mano de Arevalo y Del Moral, a una de las personalidades del toreo más importante en la tauromaquia de finales del siglo XX.








