La escritora gallega Emilia Pardo Bazán, perteneciente a la Generación del 98, no fue una gran aficionada a la tauromaquia. Incluso, en más de una ocasión criticó los festejos taurinos. Con todo, en su obra se encuentran interesantes referencia a la fiesta de los toros.

Nacida en La Coruña e hija de los condes de Pardo Bazán, en su adolescencia ya escribió algunos versos que publicó en el Almanaque de Soto Freire. En 1868 contrajo matrimonio con José Quiroga y se trasladó a vivir a Madrid, desde donde realizó numerosos viajes a países como Francia, Italia, Suiza, Austria e Inglaterra.
Las experiencias e impresiones vividas en ellos las reflejó en libros como Al pie de la torre Eiffel, Por Francia y por Alemania o Por la Europa católica. Con todo, en 1876 ya había editado su primer libro, Estudio crítico de Feijoo, así como una colección de poemas titulada Jaime, con motivo del nacimiento de su primer hijo. Doña Emilia tuvo además una muy importante actividad política, ya que fue consejera de Instrucción Pública y promotora del movimiento feminista. Desde 1916 hasta su muerte, el 12 de mayo de 1921, fue profesora de Literatura Románica en la Universidad de Madrid, donde ostentó una cátedra que se creó para ella.
Su primera novela, titulada Pascual López, se publicó el año 1879. Posteriormente, Viaje de novios representó la primera novela de corte naturalista de la literatura española. Entre 1891 a 1893 editó la revista Nuevo Teatro Crítico y en 1896 conoció a Emile Zola, Alfonso Daudet y a los hermanos Goncourt.
Los Pazos de Ulloa, Insolación, La Tribuna y La Madre Naturaleza fueron las más importantes novelas publicadas por esta escritora, quien en 1896, según recoge el profesor González Herrán en un documentado trabajo, escribió sobre la fiesta de los toros lo siguiente: “La luz, el color, el ruido, la animación mágica de este espectáculo, que Teófilo Gautier calificó de uno de los más bellos que puede imaginarse el hombre, son realmente más para ser vistos que para ser descritos”.
Una de las referencias taurinas que se encuentran en su producción se halla en uno de sus cuentos, el titulado El abanico. En él, un hombre se ve decepcionado en sus esperanzas sentimentales, al comprobar el interés con que la mujer a la que ama sigue el desarrollo de una corrida de toros. Y es que la suerte de varas revela la insensibilización de la joven dama ante el sangriento espectáculo de la faena, del destripamiento del animal, del sacrificio del caballo, poco protegido en aquel entonces.
Sobre la tauromaquia y Emilia Pardo Bazán, existe un interesante estudio de la profesora Araceli Herrero Figueroa publicado por la Universidad de Santiago de Compostela. En él se revela que la escritora tuvo opiniones cambiantes sobre el toreo. Por una parte, aseguró: “Personalmente, diré que en mi juventud y sin que me haya hecho pizca de gracia nunca la suerte de varas, me gustó el buen toreo, entonces representado por Frascuelo y Lagartijo”.
Y también ponderaba en los espadas: “Su temeridad serena, su desprecio del peligro y la armonía y unidad del combate entre toro y torero”.
En cierta ocasión doña Emilia vio colear un toro a Rafael Guerra Guerrita y dijo lo siguiente: “Colear un toro bravo vestido de blanco y plata no es barbarie, sino aticismo”.
De cualquier forma, tampoco dejó de criticar los toros de la época, debido a temas como la excesiva atención que dedicaba la prensa diaria a la tauromaquia; la divinización de los toreros, a los que se consideraba fenómenos, colosos, pasmos o monstruos; el fervor popular por la corrida, que obligaba a trasladar las horas de las festividades religiosas; la inconsciencia del pueblo en el gasto excesivo en las corridas y el embrutecimiento de un público ineducado, insensibilizado y grosero.
Y en su Canto Heroico se contiene una sugestiva descripción de la figura de Don Tancredo, en la que se basa para hacer un irónico estudio del carácter del pueblo español. En esta misma obra hace una sugestiva reivindicación feminista de las mujeres toreras con estas palabras: “Tendremos cosechas de Tancredos, ya que a las Tancredas, por un escrúpulo delicadísimo, se las prohíbe arriesgar sus encantos y hacer una hombrada feminista (le llaman así) eclipsando las glorias de las arriesgadas novilleras entre las cuales descolló Martina García; de las monjas que torearon becerros con el santo hábito vestido; de la duquesa de Alba, doña Rosario Falcó a lomos del toro Playero, de Murube; de doña Brianda Pavón, que mató de un rejonazo a un toro muy guapo; de doña Rosalía Morales que trasteaba reses con la mantilla prendida; de la célebre Pajuelera, inmortalizada por una aguafuerte de Goya… y de tantas y tantas hembras como ilustraron los fastos del espectáculo más nacional, de allá cuando del feminismo no se había inventado ni el nombre”.









