¿Cómo es posible que una vaquilla haya podido acabar con un torero tan experimentado y curtido en mil batallas -la primera vez que se puso delante de un becerro contaba tan sólo 5 años de edad y su carrera profesional se había extendido a lo largo de más de 30 años-, que alguien tan experto y ducho en la materia resulte lesionado de manera fatal toreando en el campo? Pues así fue. El destino es inescrutable y nunca sabemos qué nos va a deparar. Para Antonio Mejías Jiménez le tenía reservada una muerte lejos de una plaza de primera, en un festejo de postín y rodeado de publico admirado y admirador.






