Domingo, 16 de julio de 2017. Plaza de toros de Valencia. Media entrada en tarde calurosa. Novillos de la Palmosilla, de correcta presentación y en general manejables. Ramón Serrano, dos orejas. Manuel Diosleguarde, oreja. Miguel Polope, oreja. Adrián Villalba, oreja. Jordi Pérez, oreja. Carlos Domínguez, oreja.
Concluyó el I certamen de escuelas taurinas en modalidad de clases prácticas Feria de Julio 2017. Un ciclo que se ha desarrollado con éxito, tanto en lo artístico, como en lo que se refiere a la existencia de espectadores a la plaza. La experiencia no ha podido resultar más satisfactoria, con lo que se ha creado un precedente al que, visto lo visto, se le debería dar continuidad.
Los tendidos del coso valenciano registraron una gran afluencia de aficionados, con un variado elenco en cuando a su nacionalidad, edad y condición. Un lujo.
De nuevo se lidió un encierro de la divisa de La Palmosilla. Y los erales gaditanos volvieron a dar juego. El burraco primero embistió con templanza y buen son. El terciado segundo también se movió incansable y con celo. El colorado tercero no se cansó de tomar las telas. El feo y cariavacado cuarto tendió a quedarse muy corto y defenderse. El quinto exhibió un muy molesto cabeceo y calamocheó más de la cuenta, y el cierraplaza se desplazó y tomó las telas con docilidad.
Ramón Serrano, de la escuela taurina de Murcia, puso de manifiesto que está preparado para mayores empresas. Tiene oficio y sobrado conocimiento de la profesión. Firmó una faena de torero ya cuajado en su escalafón. Y mató de una estocada recibiendo de impecable ejecución.
Manuel Diosleguarde, de la escuela taurina de Salamanca, perfectamente vestido de torero, manejó con gusto y personalidad el capote. Y con la muleta anduvo compuesto, cadencioso y empacado, en un trabajo de notable expresión.
Miguel Polope, también impecablemente vestido de corto, dibujó algunos muletazos de su excelente corte. Con todo, y a pesar de su evidente disposición, su labor no terminó de coger vuelo.
Adrián Villalba, de la escuela taurina de Albacete, puso de manifiesto compostura, pausa y reposo, en un trabajo bien construido y argumentado. Falló con el descabello.
El también valenciano Jordi Pérez, a quien siguieron desde el tendido unas monjas luciendo unos inmaculados hábitos blancos desde debajo de la presidencia, estuvo muy entonado. A pesar de su bisoñez, siempre quiso hacer las cosas bien, por la línea de la pureza y de la ortodoxia.
Y Carlos Domínguez, de la escuela taurina de Badajoz, firmó un impactante quite por faroles con las dos rodillas en tierra en el platillo de la plaza al quinto. Suerte que repitió en la lidia del sexto. Actitud, solvencia y aplomo fueron los ingredientes de un macizo trabajo en el que corrió la mano con excelente son. Eso sí, mató a la última.
Foto: Martínez Cantero









