Roca Rey y El Fandi salieron a hombros tras dar mucha fiesta a la gente y a una noble y blanda corrida de Juan Pedro Domecq.
Castellón, 29 de marzo. Cuarta de feria. Lleno.
Toros de Juan Pedro Domecq, justos de presentación y fuerza pero nobles y manejables.
El Fandi (de manzana y oro), oreja y oreja con aviso.
Manzanares (de sangre de toro y oro), ovación y oreja tras aviso.
Roca Rey (de azul rey y oro), dos orejas y oreja.
De las cuadrillas destacó la de Manzanares.
Paco Delgado
Al reclamo de las figuras la plaza de Castellón, por fin, se llenó hasta arriba para presenciar el cuarto festejo del abono, y hasta las azoteas de los edificios colindantes aparecían llenas de aficionados y curiosos que querían ver, aunque fuese tan de lejos, lo que se presumía todo un espectáculo para el que Juan Pedro Domecq sirvió un encierro de muy justa presencia y cómodas cabezas, escasez de fuerza -todos fueron despachados con un único puyazo que, en algunos casos, se limitó a un refilonazo para cubrir el expediente- pero grandes dosis de nobleza y bondad.
Tras deshacerse el paseíllo El Fandi se fue a portagayola a recibir a su primero. Y aunque el toro le desairó ignorándole y dándose un garbeo por el ruedo antes de acudir al cite del torero granadino, éste siguió rodilla en tierra hasta endilgarle la consabida larga y otras cuatro verónicas también arrodillado. Tiró El Fandi de repertorio capotero y tanto para poner en suerte como para quitar exhibió su facilidad manejando el percal. Chicuelinas, chicuelinas al paso, zapopinas, revoleras… fueron el aperitivo para su consabida exhibición rehiletera, clavando hasta cuatro pares entusiasmando con sus extraordinarias facultades físicas. También de rodillas inició su primera faena de muleta, dando mucha fiesta tanto a la gente como a un toro tan noble como blando y de gran manejabilidad.
Pero la tarde no explotaría hasta el primer turno de Roca Rey, que recibió a su primero con unas chicuelinas de planta inmóvil en el platillo de la plaza, preludio de una actuación en la que dejó ver su disposición y su implicación con un público con el que no escatimó esfuerzo, toreando muy despacio y con gran temple y sorprendiendo de tanto en tanto con, por ejemplo, un pase cambiado por la espalda que nadie espera o un adorno que aliviase el aplastante dominio que ejerció sobre un ejemplar asímismo nobilísimo y blando del que ya paseó las dos orejas. Otra más logró del sexto por un trasteo que sólo prendió con el arrimón en el último tramo de su faena.
Con él salió a hombros El Fandi, que firmó con el cuarto, otro toro de tan gran docilidad como escasa pujanza, una labor prácticamente calcada a la primera y que le valió esa preceptiva segunda oreja para abrir la puerta grande.
Manzanares, en cambio, se fue por su pie. Perdió la oreja del segundo al tardar en matar tras un trasteo un tanto intermitente pero con fases de toreo plástico y estético, y con el quinto, que se comía la muleta en sus primeras embestidas, fue a menos conforme se fue apagando la energía de su oponente.









