Hay personas cuyo recuerdo permanece ligado para siempre a un lugar y a una forma de entender la vida. Paco Castelló “Tito” fue una de ellas. Aficionado taurino, sanferminero por convicción y amigo de sus amigos, convirtió Pamplona en su segunda casa y dejó una huella imborrable en cuantos tuvimos la fortuna de conocerle.

“Ven, no te preocupes. Cuando llegues estará todo solucionado”. Esa fue la inmediata respuesta de Paco Castelló “Tito” cuando le dije que quería ir a Pamplona con mis hijos para vivir San Fermín. Faltaban apenas unos días para el comienzo de las fiestas y encontrar un lugar donde dormir, y además con vistas al encierro, era poco menos que un milagro. Pero yo tenía una fe ciega en Paco. Sabía que en Pamplona era Capitán General y que su palabra tenía más valor que la firma de un notario.
Así que, sin tener nada concretado, nos montamos en el coche y recorrimos más de cinco horas de carretera con la tranquilidad de quien sabe que al final del viaje le espera un amigo de verdad. Y allí estaba, en el bar Fitero, aguardándonos con esa sonrisa inmensa que empequeñecía aún más sus diminutos ojos.
Hasta la morada que me había localizado apenas distaban unos metros, una espléndida vivienda en un primer piso de la calle Estafeta con no sé cuántas habitaciones todas para nosotros. ¡Ah!, y un suculento desayuno a base de fruta y mermelada casera preparada para la mañana siguiente, que nos zampamos después de asomarnos al balcón para ver pasar el encierro. Un lujo. Increíble.
Ha pasado ya una docena de años desde aquel viaje, pero jamás se ha borrado de mi memoria. Y ahora, al conocer la noticia de su fallecimiento, ese recuerdo ha regresado con una fuerza inesperada.
Sólo estuve un par de días en Pamplona, suficientes para comprobar el enorme cariño que despertaba en una ciudad que le había adoptado como a uno de los suyos. Allí organizaba año tras año una paella valenciana con su peña La Jarana y con todos los amigos que quisieran unirse entre buen rollo, humor, afecto, amistad y muchas risas. Porque si alguien entendía a la perfección el espíritu Sanferminero ese era el Tito.
Natural de la ciudad castellonense de Nules, era un aficionado entendido y exigente, pero sobre todo sensible. Siempre estuvo dispuesto a tender una mano a los novilleros de su tierra, apoyándoles en todo lo que estaba a su alcance. Fundó la Peña Vicente Barrera de su localidad, presidió la Unión Taurina de Abonados de Castellón y fue un habitual de innumerables plazas de toda la geografía taurina.
Pero su corazón latía de una manera especial cuando llegaba Pamplona. Aquella tierra le conquistó desde el primer instante y aquel flechazo terminó convirtiéndose en un amor incondicional. Vivió sus primeros Sanfermines en 1979, dejando por unos días la administración de lotería que regentaba para correr el encierro. Y sus últimos han sido los de 2026, cuando desafió a la ola de calor para llegar a la ciudad que más amaba y decir adiós, para morir donde más disfrutaba, donde más se identificaba, donde era un ídolo verdadero, admirado y sobre todo querido. Y vestido de blanco, logró despedirse de su Pamplona, de su fiesta, de su entorno, de sus amigos, con los que compartió hasta el final buen rollo, humor, afecto, amistad y muchas risas.
Yo le conocí allá por el año 2000 y, de inmediato, percibí que aquel hombre de melena larga y alborotada era alguien especial, un ser que generaba buena sintonía, diversión y confianza, que era fiel a sus amigos y generoso, y que se hacía querer. El martes 7 de julio vio su última corrida en la plaza de toros de Pamplona, un día antes de dejarnos. Tuvo el tiempo justo para despedirse de la vida en el lugar más significativo para él, donde era feliz y donde hacía felices.
Quienes tuvimos la fortuna de conocerle sabemos que seguirá sonriendo en algún rincón de la calle Estafeta. Y seguirá ocupando, para siempre, un lugar privilegiado en nuestro corazón.









