La política de venta de entradas para la miniferia de octubre de Valencia va más allá de los precios. La obligación de adquirir un paquete de tres festejos para poder asistir a la corrida estrella plantea interrogantes sobre si determinadas estrategias comerciales contribuyen a acercar público a las plazas o, por el contrario, si incluso dificultan el acceso a las novilladas.

No hace tanto tiempo que la compra de una entrada para una corrida llevaba aparejada, como incentivo, otra para una novillada. Era una forma de acercar público a los festejos menores. Hoy, sin embargo, la tendencia parece haber dado un giro de 180 grados, como ocurre en Valencia. Quien quiera asistir a la corrida de octubre en la que están anunciados Morante, Roca Rey y Rufo no podrá comprar únicamente ese boleto de forma anticipada. Para conseguirlo deberá adquirir obligatoriamente un paquete que incluye también una novillada con picadores y otra sin caballos.
En el folleto promocional se advierte que esa corrida tiene un precio superior al resto. Nada que objetar. Incluso podría ser más cara. Los toreros están en su perfecto derecho de exigir los honorarios que el mercado esté dispuesto a pagar, y la empresa de repercutir ese incremento en las localidades.
La cuestión cambia si se aprovecha el menor coste de organización de una novillada para pagar cachés que no genera el aforo de la plaza y, finalmente, el precio anunciado no es, en realidad, el que debe desembolsar el espectador. Porque si, por ejemplo, una entrada de tercera contrabarrera de sol figura con un importe de 64 euros, pero para poder adquirirla es obligatorio sumar otros 31 euros de la novillada con picadores y 16 de la novillada sin caballos, esa localidad pasa a costar 111. Es decir, 47 euros más de lo publicado.
Si se tiene en cuenta que a los toros se suele acudir en pareja, cuando no con los hijos, el presupuesto familiar se dispara. Sin contar desplazamientos, restauración o cualquier otro gasto añadido, una simple tarde de toros puede convertirse en un desembolso más que considerable.
Pero, más allá de la económica, existe otra consecuencia especialmente llamativa. Los familiares y amigos de los novilleros también se ven obligados a comprar el paquete completo si desean asegurarse un asiento para ver actuar a los suyos. Poco importa que, aunque quieran, no puedan acudir a la corrida de Morante y Roca Rey. Si pretenden garantizarse un boleto para la novillada, deberán pagar cuatro veces su precio real. La única alternativa consiste en esperar a la apertura de taquillas el mismo día del festejo y confiar en que todavía queden localidades dentro del porcentaje reservado por ley para la venta directa.
Seguro que es todo legal, no lo dudo, pero no es ético ni parece velar por atraer público a la plaza. Obligar al aficionado a comprar entradas que quizá no desea para acceder al espectáculo que realmente le interesa difícilmente puede considerarse una política orientada a captar nuevos públicos o a fidelizar a los ya existentes.
Además, la operación entraña un riesgo que tampoco conviene ignorar. No quiero ni pensar si se diera el caso de que Morante acabara cayéndose del cartel, posibilidad nada descabellada atendiendo a su frágil estado, a sus antecedentes recientes, a posibles percances y al largo periodo que queda hasta octubre. Si eso ocurriera, la empresa podría enfrentarse a una avalancha de solicitudes de devolución que afectaría no solo a la corrida, sino también a los paquetes completos. Un escenario que nadie desea, pero latente.
Y ojo, entre el elevado coste que supone acudir a la plaza y la posibilidad fundada de que el festejo sea retransmitido por televisión, el frenazo en la venta de entradas podría ser considerable. Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que una entrada para una corrida servía para regalar otra de una novillada. Sin duda todo cambia sin remisión.









