Hay plazas que se explican por su toro o su exigencia, y hay otras que también se entienden a través de sus pequeños rituales. En Alicante, basta escuchar los primeros compases de “A la llum de les Fogueres” para recordar que cada feria tiene su propia personalidad y que el toreo también se vive desde el arraigo, la emoción y la alegría de una afición que celebra sus fiestas.

Me gusta entrar pronto a las plazas de toros. Me ponen nervioso los agobios de última hora, los que provoca esa gente que apura su llegada, sin saber exactamente dónde está su localidad y que, muchas veces copa en mano, deambula de un lado para otro, preguntando a porteros y aposentadores mientras forma unos tapones desesperantes de aficionados que no pueden seguir hasta su asiento hasta que los tardones no despejan el pasillo.
Me tranquiliza entrar pronto a las plazas de toros y curiosear a quienes llegan después. La fantástica americana de aquel señor; el precioso vestido de esa señora; las horribles bermudas de este chico… Y observar a los empleados de plaza. Lo bien que riega el albero el arenero encargado; lo perfectas que han quedado las dos rayas de picar; el delegado gubernativo pidiendo los pases de callejón; el fotógrafo de la empresa que retrata cualquier detalle… Y disfrutar de la banda que, antes del inicio del festejo, entra triunfante al ruedo alegrando con sus notas a quienes ya estamos en los tendidos mientras, en los vomitorios, se agolpan cientos de espectadores desesperados que oyen la música sin conseguir avanzar para ver al director.
Entré pronto al coso taurino de Alicante y vi todo eso, y escuché “A la llum de les Fogueres”, una marcha dedicada a la patrona de la ciudad, la Virgen de Remedio, que pasó a convertirse en el himno oficial de las fiestas de las Hogueras de San Juan y que los asistentes locales cantan con efusividad. “A la luz de las Hogueras, que es la fiesta más hermosa, con un singular encanto dice al viento: Viva Alicante”.
Escuché “A la llum de les Fogueres” y me emocioné. Valoro la singularidad de cada ciudad, el arraigo que se siente por lo propio, la idiosincrasia de cada recinto. Seré un melancólico, quizá un ñoño, pero me conmueven detalles que para otros pasan inadvertidos, hechos que para muchos no generan más que indiferencia.
Hacía justo un año que no entraba en la plaza de toros de Alicante y volver a escuchar aquella contagiosa marcha supuso una inyección de euforia que me sacó, por un instante, de la exigencia que arrastraba desde San Isidro. No es que todo valga una vez se sale de Las Ventas; no es eso. Simplemente que un detalle como la interpretación de un himno fue capaz de ponerme los pies en el suelo, de devolverme a la realidad de cada feria, de cada afición.
De repente se me pasó la preocupación que sentía por todo aquel público que, tras el tapón ocasionado por los tardones, no podía alcanzar su asiento. Saludé a amigos que no veía desde las pasadas Hogueras; charlamos de Morante y del calor sofocante; me fijé en corbatas, americanas y vestidos, también en esperpénticos atuendos; comprobé lo bien que se sigue regando el albero y lo perfectas que quedaron las rayas de picar; el delegado gubernativo estuvo más permisivo que en otras ocasiones, y el fotógrafo lo retrató todo menos a mí, que seguía tarareando… a la llum de les Fogueres…
Y cuando salió el toro no me indigné por no tener el trapío de Madrid. Y no me alteré cuando los olés sonaban rotundos a pesar de que algunos muletazos tenían mejor intención que expresión. Y no me irrité cuando el presidente sacó el pañuelo de forma generosa. Porque a la luz de las Hogueras se celebra una feria amable, jovial, maravillosa y necesaria. La fiesta más hermosa. Viva Alicante.









