No puede ser de otra forma; la extensión, contenido y desarrollo de la feria de San Isidro, cuando ya es historia y materia de hemeroteca, sigue dando para hablar y debatir sobre muchos temas y acerca de lo que ha sucedido en el ruedo venteño a lo largo y ancho de esas casi 30 tardes en las que allí hubo toros.
Y aunque no aparezca en el listado oficial de premiados y triunfadores, terreno siempre discutible, opinable y personal, el nombre de Román figura, por méritos propios, por lo hecho en el conjunto de su comparecencia isidril, como uno de los destacados de esta feria que se tiene como la más importante del mundo.
Dos tardes hizo el paseíllo en la misma el torero valenciano y en las dos estuvo muy bien. Su primera actuación llegó pronto, en el tercer festejo del abono, el día 10 de mayo, para medirse a toros de Conde de Mayalde de los que paseó una oreja del segundo de su lote, un ejemplar cinqueño, serio, con prontitud y entrega en sus embestidas, al que Román dejó lucir y mostrar sus virtudes, enganchando siempre al burel a su muleta y ligando los muletazos con su habitual facilidad para bajar la mano y someter. También fue prometedor el comienzo de su faena a su primero, pero el animal se acabó demasiado pronto y, además, los fallos con el estoque provocaron que escuchase un aviso.
El triunfo grande llegó el día 6 de junio, en la última corrida del serial, cuando le fueron concedidas las dos orejas del primer toro de su cupo, marcado con el hierro de Victorino Martín y que tuvo fijeza y brío, trasmitiendo emoción al tendido, sacando su matador un trasteo sentido, rotundo y sincero, citando de lejos y llevándole con templanza y ligazón, dejando luego una gran estocada en los medios tras citar a recibir. La estocada de la feria, desde luego. Dos orejas y Puerta Grande.
El que cerró plaza ya no fue igual. No tuvo la misma entrega, esperando y, sobre todo, saliendo del muletazo enterándose. Pero lo importante ya estaba hecho y conseguido un triunfo que le debe, o debería, servir de no poco.
No ha sido fácil ni sencilla hasta ahora la carrera de este torero formado en la escuela taurina de Valencia y que tras pasar por el Liceo Francés y el instituto Luis Vives abandonó los libros y su propósito de estudiar Veterinaria para dedicarse en exclusiva al mundo taurino. Una vez fuera del cálido y protector entorno de la escuela, entonces dirigida por Manolo Carrión, las cosas se comenzaron a poner duras. No había quien le apoderase más allá de las buenas intenciones de algún amigo. Una mañana fallera Simón Casas se encandiló por lo que estaba haciendo en la arena y le ofreció su manto protector y le llevó a la alternativa. Pero ya matador comenzó el carrusel de mentores, apoderados y gestores integrales de su carrera, como así denominó García Garrido a su función de apoderamiento, comenzando a circular entre los taurinos la especie de la supuesta rebeldía del torero.
Una personalidad ciertamente atípica entre el taurineo, yendo siempre a su aire y dejando ver muy a las claras su condición de verso libre que no le ha ayudado, precisamente, en sus ya más de diez años de ejercicio. Y en los que, desgraciadamente, no ha encontrado quien le sepa comprender, entender y guiar. O que haya querido tomarse las molestias, tiempo y disgustos imprescindibles e inevitables para ir moldeando un carácter un tanto indómito y peculiar. Pero nunca se ha podido hacer cestos sin romper mimbres.
Román es ahora mismo uno de los toreros más interesantes del escalafón y a lo largo de todos estos años ha dado la cara, y se la han roto, allá donde actuó, habiendo logrado grandes triunfos en plazas como las de Madrid o Valencia y que no han sido todavía rentabilizados. Él es como es: claro, evidente, público, manifiesto, transparente, palmario, patente. Paladino. Y, como el mismo término, algo que ahora parece estar en desuso. Miren a nuestra clase política y mangoneante. Esquinada, taimada, embustera, ruin, traicionera y envilecida. Mejor Román. Dónde va a parar. Démosle un voto de confianza. O dos, que se los merece.






