La inclusión de un nuevo festejo mixto en la próxima Feria de Julio de Valencia reabre el debate sobre la conveniencia de mezclar escalafones en un mismo cartel y la política de precios aplicada. Cuando una tarde con dos matadores y una novillera cuesta lo mismo que una corrida de figuras, resulta inevitable preguntarse si la lógica y la justicia siguen ocupando un lugar en la taquilla.

En los últimos años, la plaza de toros de Valencia parece haber encontrado en los festejos mixtos una fórmula recurrente, y la afición ha asistido con frecuencia a carteles que combinan matadores con rejoneadores o novilleros. Sin embargo, salvo contadísimas excepciones, la sensación es que la propuesta no ha terminado de convencer.
La razón es que cada escalafón tiene su propia identidad, sus propios alicientes y sus propias rivalidades, y los aficionados quieren ver a los rejoneadores competir entre sí, a los novilleros medirse con sus compañeros de generación y a los matadores enfrentarse a los nombres de su categoría. Es la comparación directa la que genera interés, permite establecer jerarquías y da sentido a la competencia. Cuando se mezclan categorías distintas, esa lógica se difumina.
Pese a ello, la fórmula vuelve a repetirse este año en la Feria de Julio. Dos matadores alternarán con una novillera en un cartel que, sin restar mérito a ninguno de sus integrantes, no parece encontrar una justificación sólida.
La cuestión adquiere una dimensión todavía más discutible si se atiende al pliego de condiciones de arrendamiento de la plaza, que establece que el ciclo juliano debe estar compuesto por tres corridas de toros. Y un festejo mixto en el que interviene una novillera no puede ser considerado una corrida de toros.
A ello se suma un aspecto que afecta directamente al bolsillo del espectador. Las entradas para este festejo se han puesto a la venta con los mismos precios que una corrida de toros convencional, pese a que el coste de organización es sensiblemente inferior. La remuneración de una novillera está muy lejos de la que percibe un matador, y el precio de los novillos también resulta notablemente más bajo que el de los toros. Por tanto, cuesta comprender por qué el aficionado debe pagar exactamente lo mismo.
En realidad, este problema trasciende al cartel mixto, porque en los toros se aplica una tarifa prácticamente uniforme a todas las corridas de una feria, independientemente de quiénes actúen. Y eso tampoco parece especialmente razonable.
En cualquier otro ámbito del espectáculo o del deporte se acepta con naturalidad que el precio varíe en función del atractivo del acontecimiento. No cuesta lo mismo una entrada para ver un Madrid-Barcelona que para presenciar un Elche-Osasuna. Tampoco tiene el mismo valor una actuación de Taylor Swift que un concierto de Ana Torroja porque hay diferencias evidentes en capacidad de convocatoria y repercusión.
¿Por qué sucede algo distinto en los toros? Resulta difícil sostener que una corrida protagonizada por figuras como Morante o Roca Rey deba costar lo mismo que otra integrada por jóvenes toreros que luchan por abrirse camino. Todos se juegan la vida. Todos merecen respeto. Y el riesgo que asumen no tiene precio. Pero una cosa es el reconocimiento humano y otra la lógica económica.
De hecho, establecer tarifas diferenciadas podría convertirse en una herramienta útil para atraer nuevos públicos y aumentar la asistencia en los festejos de menor tirón. Muchos aficionados ocasionales estarían más dispuestos a acudir a la plaza si encontraran precios ajustados a la dimensión real del espectáculo que se les ofrece.
Sin embargo, la lógica y la justicia no siempre imperan. Y cuando eso ocurre, quienes terminan pagando las consecuencias son los espectadores. Que se lo pregunten a quienes compren una entrada para una corrida mixta al precio de una corrida de toros. Porque, al final, no todas las tardes son iguales. Aunque se empeñen en cobrarlas como si lo fueran.









