Mientras hay quien cuestiona la presencia de la tauromaquia en las televisiones públicas, las audiencias responden con rotundidad. Las retransmisiones taurinas lideran franjas, duplican medias de cadena y se convierten en lo más visto del día, evidenciando que el interés social por los toros sigue muy vivo a pesar del debate ideológico que algunos plantean.

El pasado sábado, la corrida retransmitida por Canal Sur desde Jerez de la Frontera alcanzó el 20,3% de share, una cuota que ya quisieran para sí muchos programas estrella de las grandes televisiones nacionales, cuyos promedios oscilan habitualmente entre el 9% y el 13%. El mismo día en Telemadrid, la Feria de San Isidro reunió a 225.000 espectadores únicos y firmó un 12,6% de cuota de pantalla, convirtiéndose en lo más visto del día en la cadena madrileña. También Castilla-La Mancha emitió el festejo madrileño con 105.000 espectadores únicos y un 15,7% de share, liderando igualmente la jornada en la autonómica manchega.
La última retransmisión taurina de À Punt desde Sevilla disparó los registros de la televisión valenciana. La corrida congregó a 122.000 espectadores y se convirtió en la emisión más vista del día. Los toros alcanzaron un 4,7% de audiencia, prácticamente el doble de la media habitual de la cadena. Son cifras incontestables que avalan el interés social de estos contenidos y evidencian el acierto de las televisiones públicas que apuestan por ellos.
Precisamente en À Punt, una parte de sus trabajadores exigió la retirada de los toros de la programación y se opuso a las retransmisiones previstas de San Isidro. El argumento se amparaba en que la feria madrileña no forma parte de la actualidad valenciana y que determinados contenidos no deberían emitirse si generan rechazo.
Hasta donde alcanza el sentido común, los empleados no deciden qué contenidos conforman la programación del medio para el que trabajan. Para eso existen directivos, consejos de administración y, sobre todo, audiencias que dictan sentencia cada día. Y las audiencias están hablando con claridad: cuando hay toros, los índices de seguimiento se disparan.
Los sectores contrarios a estas retransmisiones invocaron incluso una supuesta cláusula de conciencia para negarse a participar en los festejos taurinos. Pero, más que un conflicto laboral, la polémica parece responder a una cuestión ideológica. Porque nadie protesta cuando la televisión autonómica emite una película americana, una serie turca o un documental sobre la Antártida, pese a que su vinculación directa con la realidad valenciana sea inexistente. Curiosamente, las objeciones sólo aparecen cuando el contenido es taurino.
Las televisiones públicas no están para adoctrinar. Su función consiste en reflejar la pluralidad y los intereses reales de la sociedad. Y si miles de ciudadanos siguen las retransmisiones taurinas, ignorar esa realidad sería faltar precisamente al principio de servicio público que tanto se invoca.
Además, existe un aspecto económico imposible de despreciar. Los toros generan audiencia, atraen publicidad y mejoran el rendimiento de cadenas que viven permanentemente bajo el debate de su coste y sostenibilidad. Así, renunciar a contenidos que funcionan sería una decisión difícilmente defendible.
Lo contrario supondría utilizar medios financiados por todos los contribuyentes para imponer la visión ideológica de unos pocos. ¿Será eso lo que algunos pretenden?









