La peña Los Machacos de Valencia está de luto. El fallecimiento de Francisco Puchol – Quixal ha caído como mazazo entre sus socios. El bueno de Paco Puchol recibió hace un par de años la distinción que acreditaba a su padre, el célebre galerista valenciano del mismo nombre, como Machaco de Honor. Éste, natural de Vinaròs, fue un gran aficionado a los toros. Y junto a otro vinarocense de excepción y machaco como Jaime Sanz, recorrió en su momento toda la geografía taurina española siguiendo a un torero que despertó unas extraordinarias expectativas, como Juan Serrano Finito de Córdoba.
Su hijo Paco, al recibir la placa que acreditaba a su padre como Machaco de Honor, manifestó su deseo de ser parte integrante de esta peña. Y lo era de corazón, de iure y de facto, para orgullo de los componentes de la misma.
Una peña que se mantiene unida y que últimamente parece que algún tuerto la haya mirado. Hace apenas dos años falleció uno de sus nueve componentes, el bueno de Vicente García, gerente de la Casa de los Caramelos, gran aficionado y mejor persona. Este año, la alegría fallera se ha visto empañada por la cornada que ha sufrido su ilustrísimo portavoz, Marcelino Belenguer y Aparicio, insigne diseñador gastronómico, de la que está recuperándose con tanta casta como raza. Con todo, todas estas cosas hacen sentir a la peña mucho más fuerte y más unida. Una peña antiestatutaria e iconoclasta, amante de la fiesta de los toros y de su integridad. La amistad, la tauromaquia y la gastronomía son sus tres pilares básicos. Que la mantienen fuerte y unida.
Y valga ahora reproducir lo que en su momento escribió sobre la misma el poeta y crítico taurino Javier Villán, otro ilustre Machaco de Honor, cuyo nombramiento dio lustre y esplendor a la peña. Toda una pieza literaria para el recuerdo.
Va por ti, Paco.
“El magistrado Mariano Tomás ejerce de juez de paz en una peña beligerante que se define como romántica y antiestatutaria; yo le añado lo de unitaria dentro del caos, gracias al moderantismo de Juan Manuel Mompó, un sosegado patricio de vuelta de casi todo; y al moderantismo relativo de Jaime Sanz y Vicente. Marcelino hace de portavoz de sí mismo; es su voz, la de los Machaco, la de los tendidos de sol y los tendidos de sombra: es el gobierno y la oposición. O sea que Marcelino es un orfeón polifónico. Amat es el escriba, el asesor periodístico de lujo; recientemente ha organizado, en una primorosa edición, los escritos de Mariano Tomás y ha publicado una biografía de Guillermo Ciscar Chavalo. Y tiene por estrenar un divertido sainete, El niño de Barrionuevo. Y Javier es el heredero natural, por temperamento y por educación de Francisco Puchol; en él tenía puestas Puchol, el profeta Pucholias, todas sus complacencas taurinas y esperanzas de futuro, y supongo que es uno de los revulsivos de los Machaco. Con Carmelo que acoge en su casa la sede social de la peña y con Vicente, el otro Vicente, alias Caramelos, se completa una peña, minoritaria, pero dirigida a una “inmensa minoría”, como Juan Ramón Jiménez quería para su poesía. La mayor emoción de la noche fue compartir el recuerdo de Puchol, nuevo Machaco de Honor, que recogió su hijo del mismo nombre. El profeta Pucholías ha dejado huella: vivir en la vida de la fama, que decía Jorge Manrique. Con el corazón en la boca, Juan Manuel Mompó hizo la oración fúnebre. En los Machaco hay un joselitismo fundacional, un vehemente tomasismo hereditario y un poncismo muy matizado y discutido”.









