Las tardes de toros con lluvia y viento son un peligro para los lidiadores y un engorro para los chicos de la prensa. El palco de prensa de la plaza de toros de Valencia no está sometido a vigilancia alguna.
En días como los de ayer, la lluvia y el viento se cuelan sin permiso en las delanteras, donde los pupitres para escribir. Y, claro, en días como ayer esa primera fila de vanguardia es insoportable: se mojan las libretas, se mojan los ordenadores, se mojan los escribidores. Se moja todo quisqui. Y, entonces, hay que buscar el abrigo en las filas de los bancos, que no es un sitio, precisamente, muy cómodo que digamos. Y, en tardes como las de ayer, se produce un asalto de buenas gentes del tendido que sin protección (chubasquero, paraguas…) también buscan el refugio del techo. Y ahí viene el problema: que entre los que tenemos nuestro sitio en el palco y los asaltantes, se produce un overbooking de tres pares y medio de narices. Eso pasó ayer. Eso pasa siempre que salen tardes como las de ayer. Nada nuevo, desde luego. Y creo que ya he contado en alguna otra ocasión en estas páginas. La vida sigue igual.
Ayer, con tanta masa agolpada en el palco de prensa, tuve que salir pitando de la plaza y marchar a casa para escribir la crónica de El País. Prisas. Nunca son buenas, pero en casos como el de ayer…a zancadas en busca del bus para llegar cuanto antes a casa. Ya lo de salir de la plaza es un clásico de siempre, sobre todo en Fallas.
A pesar de la lluvia y el mal tiempo en general, los aledaños de la plaza estaban como si gozamos de la primavera que (casi) siempre nos acompaña por estas fechas. Ríos de gente, pertrechados de impermeables y paraguas, como si tal. Y ya en el bus. haces fuerza con todo tu cuerpo para que el conductor meta la directa y atraviese la Gran Vía, primero, y la Avenida del Puerto, después, para llegar cuanto antes. El estrés es de alta presión. Tanto, que al bajar del bus me tomé una licencia.
Frente a mi casa han puesto una de las “miles” churrerías que han tomado la ciudad y allí directo que me fui. “Una docena de buñuelos, por favor”, pedí. La respuesta me apeó de la realidad: “no tenemos buñuelos, solo churros y porras”. Vaya. En Fallas, de siempre, son buñuelos, de calabaza o de simple harina, pero los churros y las porras no casan con la tradición. No compré churros, claro. Me quedé sin buñuelos, pero en ese momento me acordé de otros churros: los que había enviado Juan Pedro Domecq a Valencia en estas Fallas. Un churro de corrida de toros. Por cierto, así lleva muchos años.