El pasado lunes se cumplió el aniversario del nacimiento de Goya, uno de los pintores más importantes de la historia, y quien engrandeció con su arte la fiesta de los toros.

Francisco de Goya y Lucientes, nacido en Fuentetodos El 30 de marzo 1746. Su aportación más relevante a la iconografía taurina son las diversas estampas de su célebre Tauromaquia, cuya primera tirada se efectuó en el año 1816.
Su título más popular, con el que se bautizó la segunda edición de las mismas, fue el de Colección de las diferentes suertes y actitudes del arte de lidiar los toros. Inventadas y grabadas al aguafuerte por Goya. Publicada en Madrid en 1855, reúne en su versión final las treinta y tres estampas de 1816 y otras once posteriores que la completan.
El autor las dividía en tres partes. Las doce primeras eran la ilustración literal de algunos de los datos e informaciones que su amigo Leandro Fernández de Moratín había recogido en su Carta histórica sobre el origen y progresos de la fiesta de toros en España, publicada en 1777. Otras doce recogen algunas de las suertes que eran habituales en los ruedos durante aquella época, y las veinte restantes reflejan hazañas y muertes trágicas de toreros, de algunas de las cuales el propio Goya fue espectador y testigo. Así sucedió con la de José Delgado Pepe-Hillo en la plaza de toros de Madrid.
Tal y como escribió en su epistolario el ya citado Moratín: “Goya dice que él ha toreado en su tiempo y que, con la espada en la mano, a nadie teme”. Y quizá por eso firmaba en ocasiones como Goya, el de los toros. Dos años antes de su muerte realizó las cuatro litografías de los Toros de Burdeos.
El escritor Paco Delgado, en un artículo publicado en el portal taurino Burladero, analiza las claves de este pintor en relación con la tauromaquia. Lo hace a raíz de la muestra Otras tauromaquias, con motivo del 200 aniversario de la Tauromaquia de Goya, que se expuso en la sede de la Academia de Bellas Artes en 2016. El comisario de la misma llegaba a defender la tesis de que Goya fue el primer antitaurino, dejando caer que sus Tauromaquias son: “una metáfora visual de las fuerzas de la ignorancia y su sometimiento a la razón encarnada en el torero“.
Delgado asegura que en la enciclopedia de Cossío se recoge que uno de los biógrafos del pintor aragonés, el francés Iriarte, afirmaba haber visto una carta de Goya dirigida a su amigo Zapater firmada por el pintor como Don Francisco, el de los toros.
Asimismo, se ha escrito que Goya salió por primera vez de Fuentetodos, donde nació, unido a una cuadrilla de torerillos de los que iban de capea en capea. Al final de su vida, durante el exilio en Burdeos, manifestó a su amigo Leandro Fernández de Moratín que “había toreado en su tiempo“ y se asegura por algún tratadista que deseó ganarse la vida como torero.
Otro de sus más importantes biógrafos, Matheron, afirmó que: “Se contrató como miembro de una cuadrilla para alcanzar el sur de España sin gastos”, en tanto que Xavier de Salas, en el Archivo Español de Arte, XXXVI, nº 144, 1963, aporta que: “… y se improvisa como torero: él mata, dicen, sus toros como un viejo matador”.
De entre toda su obra, prosigue Delgado, la serie de estampas de la Tauromaquia, publicada en 1816: “constituye la mejor expresión de su visión del mundo taurino tras la Guerra de la Independencia”. Para José Manuel Matilla, jefe del Departamento de Dibujo y Estampas del Museo del Prado: “la tensión dramática de su Tauromaquia, unida a su excepcional desarrollo formal, las convierten en un icono del drama que constituye la esencia de las corridas de toros desde la mirada genial e independiente de Goya”.
Su Tauromaquia, cuya intención inicial fue, según diversos autores como Valerian von Loga, Juan de la Encina, Ventura Bagüés y Sinués Urbiola, la de ilustrar algunos pasajes de la citada Carta histórica que Nicolás Fernández de Moratín dedicó en 1777 a Ramón Pignatelli. Si bien Goya sobrepasó su idea inicial, y completó la serie con hechos y recuerdos personales taurinos no aludidos en la obra de Moratín, como algunos lances y pasajes de corridas. Fueron realizadas en los años difíciles de la postguerra napoleónica.
Lafuente Ferrari apuntaba los motivos para su realización: “Su clientela se ha reducido y su trabajo de pintor de cámara le ocupa, en verdad, muy poco tiempo. Ha quedado viudo y solo. Desconectado de su ambiente normal, del que han desaparecido, muerto, emigrado o están perseguidos, muchos de sus mejores amigos. Sus recuerdos le asaltan, piensa en su juventud y su necesidad de creación le hacen acometer La Tauromaquia”.
Valentín Cardedera, escribió para La Gazette des Beaux-Arts de París: “Es en La Tauromaquia donde el genio y el gusto de Goya emprende más libremente su vuelo. Las corridas de toros eran su distracción favorita”.
En esta serie de aguafuertes, y al contrario que otros artistas que se han acercado a la fiesta taurina como inspiración o motivo, no pintó a toreros, sino que recogió la lidia de los toros. Pero no son los grabados que conforman su Tauromaquia su única referencia a los toros. Ahí están cuadros como Corrida en un pueblo, Corrida de pueblo en plaza partida, Suerte de varas, La capea o La novillada. Esta fue una obra precursora del impresionismo, una tela que escenifica uno de los habituales quehaceres del ámbito taurino en la España de Carlos III, cuyos consejeros reales encargaron esta pintura para obsequiar a los entonces príncipe de Asturias, Carlos IV y María Luisa de Parma.
De la Tauromaquia se conservan siete planchas en los reversos de otros tantos cobres, que él descartó y cinco trabajos, de los que sólo se conocen las pruebas de estado, con lo que el conjunto de estampas taurinas se puede cifrar en cuarenta y cinco. Frente a la visión tradicional del ámbito taurino, costumbrista, amable y placentero, tal como se refleja en los dibujos y grabados de la Tauromaquia de su coetáneo Carnicero, siempre en la línea de lo colorista y lo castizo, en Goya resaltan los claroscuros, la tensión, el drama y lo siniestro de cuanto acontece sobre el ruedo.
El material quedó casi todo en manos del autor. Su nieto Mariano fue quien vendió aquellos trabajos a partir de 1854. Sobre todo a coleccionistas franceses, país donde el pintor español ya había adquirido una notable fama, como referente básico de la pintura del XIX. En la serie se presentan estampas alusivas a la historia del toreo y a los lances taurinos de su época, con las innovaciones y extravagancias de alguno de los toreros de entonces, para finalizar con las alusiones a la muerte, donde destaca la del matador Pepe Hillo, cuya cogida conmocionó a la sociedad de inicios del XIX.
La serie fue realizada en la misma época en la que Goya pintó Los desastres de la Guerra. Un tiempo en el que el autor estaba desencantado de la sociedad, tras conocer a fondo la miseria humana, la muerte y la censura.









