Algemesí, 26 de septiembre. Tercera de feria. Lleno.
Novillos de Rehuelga, bien presentados y lustrosos, y de buen juego en conjunto, destacando el segundo.
Pablo Aguado (de marengo y oro), oreja y ovación.
Alfonso Cadaval (de ceniza y oro), oreja y palmas de despedida.
De las cuadrillas destacó Raúl Blázquez.
Paco Delgado
Siempre se ha dicho que ser torero es imposible y llegar a figura un milagro. Está claro que es una profesión difícil, complicada y con muchos obstáculos a salvar. Claro que si, además, no se aprovechan las oportunidades que surgen para dar un salto hacia adelante, pues entonces todo se complica más.
Que en una plaza como la de Algemesí, de público generoso y entregado, y con una novillada como la lidiada ayer de Rehuelga, tan interesante y tan a modo, sólo se paseasen dos orejas, una por coleta, indica que algo no salió con arreglo al guión previsto.
Y es que se lidió un encierro de Rehuelga -que repetía en este serial por su buen juego el año pasado, cuando debutó aquí- muy bien presentado, con cuajo y -si bien algún ejemplar con falta de fuerza- de, en conjunto gran juego. Especialmente el lidiado en segundo lugar, muy en Santa Coloma, al que se le cuidó mucho en el caballo y que llegó a la muleta noble y repetidor, embistiendo con dulzura y sin el picante que se le supone a un animal de su encaste y procedencia. Pero su matador no acabó de meterse con él, toreando muy ligero. Y aunque presentó casi siempre la muleta muy adelantada, no acabó de vaciar las embestidas, sin someter y sin mandar. Cadaval se las vio en su segundo turno con un novillo con más picante y que peleó con ganas en varas. Se echó enseguida la muleta a la zurda pero su labor no pareció tener demasiada convicción, ejecutado muchos muletazos y dejando la iniciativa al novillo. Para colmo tardó en matar.
Pablo Aguado dejó ver maneras y estar puesto y toreado. Perdonó el castigo en el caballo a su blando primero, noble y manejable, aunque sin acabar de humillar por su poca fortaleza. El sevillano le muleteó con suavidad y sin forzar, dejando una faena si bien sin emoción suficiente para pasear una oreja. Se lució al recibir de capa al también muy potable tercero, con el que optó por dar fiesta a la gente, perdiendo la puerta grande al ofuscarse a la hora de matar.









