Enrique Ponce y Paco Ureña pasearon una oreja cada uno pero hubieran salido a hombros de haber caertado con la espada.
Valencia, 16 de marzo. Séptima de feria. Lleno.
Toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados y nobles, destacando cuarto y quinto.
Enrique Ponce (de purísima y oro), silencio, oreja y gran ovación.
Paco Ureña (de rosa y oro), silencio con aviso, oreja y ovación tras otro aviso.
De las cuadrillas destacaron Víctor Hugo, Javier Palomeque y Mariano de la Viña.
Lleno.
Paco Delgado
También se llenó hasta los topes el coso de Monleón para presenciar la quinta corrida del abono fallero, que finalmente quedó en mano a mano tras la definitiva baja de Manzanares, que no se recuperó a tiempo de la intervención quirúrgica a que se sometió unos días antes para solucionar una lumbalgia que le lleva a mal traer.
Un festejo que, naturalmente, presentaba dos alicientes principales: por un lado la reaparición de Paco Ureña tras el grave percance sufrido en Albacete el pasado mes de septiembre y que le costó su ojo izquierdo y, de otra parte, la presencia de Enrique Ponce en una fecha en la que conmemoraba su vigesimoquinto aniversario de alternativa y que presenta unas cifras de vértigo en esta feria: hasta que hizo este paseíllo había actuado en 58 corridas falleras en las que había cortado, nada menos, 62 orejas.
Números que, claro, aumentaron este 16 de marzo de 2019, puesto que anotó su quincuagésimonovena presencia en Fallas y sumó una oreja más en su cuenta particular. Que bien pudo ser otra más, y haber salido a hombros, de no fallar al matar al quinto, con el que su actuación alcanzó el cenit, enganchado al toro desde que cogió la muleta, luciendo en series en redondo con muletazos lentísimos, desmayados, interminables. Al natural toreó con hondura y profundidad pero ya el animal dio muestras de agotamiento, por lo que abrochó la faena con unas poncinas que acabaron por poner en pie a la gente. Lástima que necesitó cuatro pinchazos y un metisaca antes de agarrar una media definitiva.
Ya había cortado una oreja de su segundo, al que exprimió totalmente en otra demostración de capacidad y suficiencia y estuvo muy por encima del apagado primero, con el que veroniqueó con gusto y empaque.
Ureña fue recibido con una gran ovación y Ponce le brindó la muerte de su primer toro. Muy decidido y dispuesto dejó un quite al toro que abrió plaza que puso la piel de gallina a la concurrencia. Tampoco tuvo material propicio en su primero, que se acabó pronto, y anduvo asentado y muy firme con el cuarto, entregado de principio a fin y demostrando que mantiene su valor intacto. Tampoco pudo redondear su actuación con el sexto, con el que mostró su versión más genuina, de compás abierto y yendo siempre a por todas aunque el toro fue a menos y mató mal.









