La feria de Fallas de 1981 se caracterizó por los triunfos conseguidos por Francisco Rivera Paquirri, así como por la gran faena realizada por Pedro Moya Niño de la Capea ante un muy bravo toro de Manolo González. La llamada corrida de los artistas decepcionó y fue muy polémica la aplicación de la nueva normativa de colocar tres puyazos obligatoriamente a todos los toros.
El anuncio de los carteles del serial, cuya organización corrió a cargo de la sociedad integrada por los hermanos José y Manolo Flores Camará y Pedro Martínez Pedrés, con Emilio Miranda en funciones de gerente, reveló un ciclo no demasiado extenso en cuanto al número de festejos, compuesto por cuatro corridas de toros y dos novilladas picadas. En el mismo, la figura del novillero valenciano Vicente Ruiz El Soro se ofreció como uno de los principales atractivos, al ser contratado en las dos novilladas del serial. Al igual se hizo en los casos de los matadores de toros Francisco Rivera Paquirri, Dámaso González, José María Manzanares y Pedro Moya Niño de la Capea.
Un ciclo no extenso pero sí intenso en su calidad, a cuyas combinaciones los aficionados respondieron con lo que la plaza registró todas las tardes unas elevadas afluencias de aficionados.
Triunfo de Paquirri
El abono de aquellas fiestas josefinas se abrió con una corrida de toros programada para la tarde del domingo día 15 de marzo. Ese esta ocasión que se lidiaron toros del hierro de Torrestrella, lustrosos, astigordos y algo blandos, para una terna compuesta por Paquirri, Manzanares y Niño de la Capea. El de Barbate, que encabezaba el cartel, consiguió cortar las dos orejas de un bravo y encastado ejemplar lidiado en cuarto lugar, frente al que se mostró enrazado y poderoso en un trasteo vibrante y muy profesional, que estuvo bien rematado con los aceros. Sus compañeros de terna cumplieron, aunque sin poder alcanzar especiales laureles. Con todo, sobresalió Manzanares por su manejo del capote ante el 2º y la voluntad de Niño de la Capea fue premiada con una vuelta al ruedo tras pasaportar al 3º.
Al día siguiente se anunció la primera de las dos novilladas del ciclo, con un cartel de tres espadas más que sobrado de alicientes y completado por la intervención del rejoneador Álvaro Domecq, quien lidió con discreción y ortodoxia un toro de Diego Romero dando la vuelta al ruedo tras terminar su labor. Para la torería andante, saltaron al ruedo valenciano seis ejemplares de la ganadería de Manolo González, de bonitas hechuras y buen juego en general, sobresaliendo por la bravura y codicia de sus embestidas. El torero de Foios, apoderado por la casa Camará y quien por una grave cornada en la cabeza sufrida en la plaza de Castellón no había podido acudir a su cita fallera del año anterior, cortó una de las dos orejas que se otorgaron aquella tarde, en premio a dos trasteos entusiastas, entregados, arrolladores y vistosos, en los que sobresalió por sus muy espectaculares tercios de banderillas con alardes de facultades. Y eso que el coletudo valenciano ya había sufrido una intervención quirúrgica en la rodilla, algo que sería años más tarde carta de naturaleza a lo largo de su carrera, pero que en esta ocasión todavía no llegó a acusar. El otro trofeo se lo llevó en su esportón el algecireño Pedro Castillo, quien justificó su inclusión con una más que digna actuación, en la que sobresalió por su constante bullir, su oficio y su facilidad en la colocación de las banderillas. Le pidieron con fuerza un segundo trofeo de su primero y fue paseado a hombros cuando acabó el festejo.
Completó el terceto de novilleros un apático y displicente Pepe Luis Vázquez, en cuyo debut en esta misma plaza hacía dos años había sorprendido por una actuación plena de gracia y pinturería, con un toreo de duende y sabor adornado con retazos de extraordinaria torería, muy en la línea de su ilustre progenitor. En esta ocasión, dejó ver un exagerado conformismo, así como una alarmante y casi irritante falta de ambición.
A Dámaso le echan un toro al corral
Unos dos tercios de entrada registraron los tendidos de la plaza al día siguiente. El ganado que salió por los chiqueros estuvo compuesto por reses de la divisa Matías Bernardos, tan blandos como desiguales de comportamiento, sin fuerza ni raza. Encabezó la terna Paquirri, quien volvió a firmar una más que notable actuación. Sobresalió por su faena al encastado cuarto, al que cortó dos orejas.
No logró especiales laureles el portuense José Luis Galloso, en dos labores tan correctas como frías e insípidas, aunque firmó un quite por chicuelitas para el recuerdo. Lo que constituyó el hecho noticioso de aquel festejo fue el sorprendente hecho de que el albacetense Dámaso González, no sólo se fuera de vacío de la plaza, sino que viera cómo le echaban al corral el quinto toro de la tarde, segundo de su lote al que intentó descabellar con muchísima desgana antes de que sonaran los tres fatídicos recados presidenciales. Una tarde para olvidar de quien tantos y tan repetidos triunfos había conseguido en esta misma plaza.
Artistas sin brillo
Un cartel de corte marcadamente artista se anunció el día 18. Se lidiaron cuatro reses de Gabriel Rojas, junto con una de Carlos Núñez y otra de Matías Bernardos. A pesar de la curiosidad y la expectación que despertó esta corrida, lo cierto es que al final ni toros ni toreros estuvieron a la altura de las circunstancias. De un lado, José María Manzanares no pudo reeditar el triunfo obtenido hacía un año en esta misma plaza ante un toro de Torrestrella. Sorteó un toro con mucho sentido y otro muy justo de fuerzas, que no le permitieron el lucimiento. Lo más noticioso del festejo fue la discusión que el alicantino tuvo con el delegado gubernativo tras pedir sin éxito el cambio de tercio en la lidia del 5º. Y es que por aquel entonces se había decidido que todos los toros, sin excepción, debían entrar tres veces al caballo.
Por su parte, Curro Romero se limitó a hacer el paseíllo y poco más, provocando por enésima vez el enfado del respetable. Completaba el cartel Guillermo Císcar Chavalo, torero al que la cornada sufrida en Ocaña a los pocos meses de tomar la alternativa había cortado una trayectoria cuanto menos esperanzadora. Guillermo lució para la ocasión un precioso terno color corinto con bordados de azabache, y a pesar de que apuntó retazos de su torería empacada y de sentimiento, su balance fue escaso, ya que se le vio afligido y un tanto desconfiado y bajo de ánimo. Tanto es así, que lo más destacado de la tarde fueron sendos pares de banderillas que Paco Honrubia colocó a los toros lidiados en tercer y sexto lugar.
Los toros de Manolo González y Socorro Sánchez-Dalp fueron los anunciados el día 19 de Marzo, día del santo Patrón en el penúltimo festejo de la feria, que se celebró con tres cuartos del aforo cubiertos en tarde nublada. Aquel día se programó un cartel en el que repetían actuación Dámaso González y Pedro Moya Niño de la Capea.
El primero no pudo sacarse la espina de su fiasco del día 17 y, por primera vez en muchos años, se fue de la feria de vacío en medio de la decepción de sus muchos incondicionales, tras lidiar con voluntad dos marmolillos muy deslucidos. Sin embargo, El Capea logró un notable éxito al ser capaz de estar a la altura de Gañán, un bravísimo ejemplar de Manolo González, al que logró de cortar una oreja de mucho peso tras una lidia vibrante y emotiva, plantando cara a las encastadísimas embestidas de su oponente. El torero salmantino se llevó dos apéndices y salió de la plaza a hombros de los aficionados. En cuanto al valenciano Ricardo de Fabra, poco toreado pero entregado y muy voluntarioso, cumplió el expediente con dignidad.
La feria se cerró el viernes día 20 de marzo con la celebración de la segunda de las novilladas previstas en el serial. Aquel día, y a pesar de no tratarse de una corrida de toros, la plaza se llenó en cerca de sus tres cuartas partes. Los utreros del legendario hierro de Pablo Romero dieron un juego deslucido a pesar de sus preciosas estampas y atractivo trapío. Encabezó la terna Andrés Blanco, quien una vez más hizo gala de su excelente corte de torero en el escaso tiempo que estuvo sobre el ruedo. Y es que mediada su faena al que abrió plaza sufrió una espeluznante voltereta que le dejó sin sentido sobre la arena, sufriendo contusiones cervicales que le impidieron continuar la lidia.
En cuanto a El Soro, mermado de facultades y con tanta voluntad como pasión sin que faltase un cierto atolondramiento, propio de las enormes ganas que tenía, no fue capaz de tocar pelo y el sevillano Manolo González, hijo del ganadero y matador del mismo nombre, anduvo pinturero y tal, pero tampoco como para echar cohetes en los tres astados que hubo de estoquear. En cuanto al rejoneador Joao Moura, malogró una notable actuación con los aceros. Entre las cuadrillas lucieron Eliseo Capilla, Pepe Luis Díaz y Alejo Oltra.









