Ayer, en la última de esta mini Feria de Julio, reapareció en el palco de prensa la doña de los buñuelos de calabaza de las últimas Fallas.
¡Qué ilusión! Pensé que esta vez, sí. Que seguro me tocaba uno de esos buñuelos que ya se han hecho famosos en la zona por donde la canallesca destripa todo lo que se menea. La doña, tapper en mano, hizo su entrada triunfal a poco de comenzar el paseíllo de las cuadrillas. Porque ella también hizo el suyo allá por las alturas del palco de la canallesca: su pavoneo, indisumulado, daba a entender que el triunfo de la tarde iba a ser suyo. Y no de los que se las deberían entender con la de Cuadri. Aquellos que, en el descanso, habían de catar su obra bunyolera, aquella que cuatro meses antes produjo tantos olés de beneplácito gastronómico, iban a declararla triunfadora de la mini Feria de Julio. ¡Seguro!
Pero no. Mi gozo en un pozo. Por mucho que erguía mi cabeza, por muchas miradas descaradas que dirigía al epicentro de la “bunyolà”, nadie reparó en mi insistencia. Ni la doña, ni los afortunados colegas que volvieron a tener la suerte de endulzar su paladar ante el manjar. Mala suerte. Solo dos cabezas antes de llegar a la mía, se paró la bandeja/tapper. Frenazo en seco. De ahí no pasó. Y os digo bajo juramento que aún quedaba intendencia en el tapper, que yo lo vi…vamos, que si lo vi. Y tanto. Pero, de nuevo, se me escapó la oportunidad. Tengo ocho meses por delante para pensar en alguna treta que de mayor resultado. A ver si, llegadas las fallas del 18, me hago un hueco entre los privilegiados y cazó, por fin, uno de esos buñuelos de los que tanto se habla. Tanto se dice de ellos y tanta fama llevan, que antes de aparecer la doña todo el mundo hablaba de Ureña y su épica actuación del día anterior, y del desdichado presidente que le tocó en desgracia. Fue aparecer la doña en el palco, tapper en jarras y pavoneo, y nadie se acordó de Ureña ni del desdichado presidente del día anterior. Cosas de la vida. O cosas de los buñuelos de la doña. Sí, esto mismo.
Los buñuelos en tiempo de paz, que no de Fallas, deben saber a gloria. Mucho mejor que en tiempos que por imperativo tradicional hemos de admitir. Pasa lo mismo que con el turrón. Por Navidad llegas hasta odiarlos, pero probad en tiempos alejados de la Pascua y veréis que hasta saben de otra manera. Mucho mejor, claro. Os lo digo por experiencia.
En fin, propondré a Toni Gázquez que incluya entre los premios de la Diputación uno dedicado a la mejor merienda de la Feria de Julio. Creo que, como miembro del jurado, será la única manera de hacerme con uno de esos buñuelos de fama por toda Europa. Y si llega el caso, pediré daños y perjuicios por los años que los tuve a dos cabezas de mí y no llegué a ellos. Igual me pagan intereses en especie y cobro los atrasos que me deben. No cejaré en mi empeño.
Y fin. “Finis coronatus est”, o sea, el fin corona la obra. La obra, la Feria de Julio. Pobre obra; pobre Feria. Aunque, en justicia, he de decir que todas las tardes ha habido emociones fuertes. Al final, el que no se consuela es porque no quiere.









