Viernes, 14 de julio de 2017. Plaza de toros de Valencia. Un tercio de aforo en tarde de bochorno. Erales de La Palmosilla, bien presentados y de juego desigual. Destacaron 1º, 3º y 6º. Pedro José Aguilar, oreja. Juan José Villa Villita, oreja. Héctor Edo, saludos. Guillermo García, saludos. Rodrigo Ortiz, palmas. Manuel de los Reyes, dos orejas.
La plaza de toros de Valencia fe marco de la apertura del I Certamen de Escuelas Taurinas en la modalidad de clases prácticas. Una iniciativa más que plausible de la Diputación de Valencia, la Escuela de Tauromaquia de Valencia y la empresa Simón Casas, que es la que en definitiva soporta el coste económico de ofrecer estos tres festejos. Toda una bocanada de aire fresco el poder presenciar estos espectáculos de promoción, que permiten ver las evoluciones de hasta dieciocho aspirantes llegados de escuelas taurinas de España, Francia, y Portugal. Además, con entrada gratuita para el todo el que quiera presenciar los festejos. Basta con ir a las taquillas, y a uno le dan las entradas que desea y encima gratis. Qué más se puede pedir. Y encima, con posibilidad para que lo más pequeños, como ese joven aficionado llamado Enrique Mesa Rubio de Ruzafa, puedan ir por primera vez a una plaza de toros.
La plaza registro una más que aceptable asistencia de público, y el festejo se desarrolló con absoluta normalidad. Con tanta seriedad como respeto, y además ofreció momentos de mucho interés.
El encierro de La Palmosilla dio un juego algo desigual aunque en general sirvió. El primero, bien presentado, resultó noble aunque algo blando. Muy cuajado el segundo, que apretó en banderillas aunque luego fue a menos. No terminó de descolgar debido al enorme volumen que tenía. Con movilidad del tercero, tuvo sus teclas el cuarto, que se lo pensó más de la cuenta. El castaño quinto desarrolló sentido y tuvo mucho que torear. Y el burraco sexto transmitió y repitió una enormidad.
Pedro José Aguilar, de la escuela de Málaga, se mostró enterado y con oficio. Manejó el capote con templanza y son y con la muleta puso de manifiesto quietud, oficio y conocimiento de la profesión, aunque no terminó de acoplarse con la mano izquierda. Mató de una estocada corta tendida.
Juan José Villa Villita, de la escuela de tauromaquia de Madrid, anduvo lucido con los palos y se le vio suelto, solvente y muy puesto con la muleta.
El castellonense Héctor Edo hizo gala de un aire bullidor, afanoso y voluntarioso durante en los tres tercios durante toda su actuación, aunque acabó matando de forma defectuosa.
Guillermo García, de la escuela de Madrid, banderilleó de forma desigual y se mostró cumplidor en una labor que no tomó vuelo.
El mexicano Rodrigo Ortiz, de la escuela de Valencia, destacó por su vibración en el manejo del capote y su espectacularidad en banderillas. No terminó de acoplarse con la muleta ante un novillo exigente al que mató con dificultad.
Y el catalán Manuel de Reyes, de la escuela Nimes-Barcelona, aprovechó la excelente condición del cierraplaza para exhibir compostura y un excelente concepto. Manejó los aceros con contundencia y paseó dos orejas envuelto en una seneyra, reivindicando la fiesta en su comunidad.
Foto: Mateo









