La bronca es parte del toreo. Artículo de Carlos Bueno

La bronca forma parte de la historia del toreo. Morante cerró su temporada en Zaragoza entre reproches. Pero en una Fiesta imprevisible, donde ni el arte ni la inspiración admiten garantías, siempre será preferible la protesta de una afición decepcionada a la indiferencia de una plaza que ya no espera nada.

 

Morante de la Puebla ha cerrado una intensa campaña en la que ha superado las cincuenta corridas, una cifra quizá excesiva atendiendo a su delicado estado anímico, para alguien que necesita preservar la frescura y la inspiración como parte esencial de su tauromaquia. En las últimas fechas, desde su entorno han trascendido señales de saturación, de sentirse atorado. Incluso el propio diestro ha dejado en el aire la incógnita de su continuidad el próximo año.

 

Se despidió en Zaragoza con una sonora bronca. Ni siquiera quiso intentar sacar partido de su último toro, algo que sí había procurado hacer durante buena parte de la temporada. Quizá quiso marcharse dejando controversia antes que un silencio intrascendente. O tal vez fue fruto del hartazgo, la desilusión o la fatiga mental. Sólo él conoce las razones.

 

El toreo es impredecible. Lo es el toro, lo es la inspiración del torero y lo es la respuesta del público. Pretender que cada tarde se desarrolle conforme a un guion, con faenas redondas y triunfos asegurados, equivale a despojar a la Fiesta de una de sus principales razones de ser. En el ruedo no hay garantías, ni siquiera para los elegidos. Mucho menos para quienes, como Morante, hacen de la personalidad, el sentimiento y la improvisación el fundamento de su expresión artística.

 

En ese escenario, la bronca también ha sido siempre parte del espectáculo. Los almohadillazos despidieron a Curro Romero en innumerables ocasiones, como también sucedió con Rafael de Paula y otros toreros de diferentes épocas como Juan Belmonte, Rodolfo Gaona o Rafael “El Gallo”, incluso a Benítez “El Cordobés”.

 

Hoy parece que cualquier tarde sin éxito necesita una justificación porque todo aquel que pasa por taquilla quiere ver torear y triunfar a los toreros, algo que da la sensación de haber rentabilizado el importe de la entrada. Pero los toreros son artistas y dependen de una inspiración que no siempre comparece a las cinco de la tarde. También se equivocan y fracasan. Negarlo sería falsear una profesión en la que el riesgo y la incertidumbre son inseparables de la grandeza.

 

La bronca, cuando nace de la decepción, expresa que había interés, ilusión y expectativas. Es el reproche de quien quería ver algo distinto y se siente defraudado. La indiferencia, en cambio, resulta mucho más preocupante, porque significa que ya no se espera nada, que el torero ha dejado de despertar emociones. Y, puestos a elegir, siempre será preferible una plaza que protesta a una plaza que bosteza.

 

Lola Flores decía que quería que hablaran de ella, aunque fuese mal, pero que hablaran de ella antes que pasar inadvertida. Algo de eso hay en Morante, capaz de provocar devoción y rechazo con idéntica intensidad. Otra cuestión es que deba administrar mejor sus comparecencias para recuperar la ilusión y la claridad necesarias.

 

Por ahora, la incógnita sobre su futuro permanece abierta. De momento, a la próxima corrida irá a verlo su madre… y yo, como alguien le espetó una vez a Curro Romero. Porque lo verdaderamente triste sería que Morante dejara de importar.

Nació en Algemesí (Valencia) en 1968.

Director y presentador de programa taurino “El Corro” de Berca TV, Televisión de Algemesí, desde 1996.

Director y presentador del programa taurino “Patio de Cuadrillas” desde su creación en 2002, pasando por LP Radio, Punto Radio, Gestiona Radio e Intereconomía Radio.

Articulista de la revista “Avance Taurino” desde 1998.

Redactor del semanario taurino “Aplausos” desde junio de 2004 hasta agosto de 2005 y director del periódico “La Veu d’Algemesí”.

Ha escrito los libros «Luis Francisco Esplá, toreador», «Plaza de toros de Algemesí» y «Sueños de gloria».