La memoria y recuerdo de este torero son inversamente proporcionales a su tamaño. Pequeño gran hombre. Tremendo en lo profesional e inmenso como persona. Nadie que le haya conocido mínimamente puede ponerle pero alguno o hacerle el más leve reproche. Si hay que buscar un ejemplo de hombre bueno, ese es él. Dámaso González Carrasco. Damaso, que dicen sus paisanos.
Que no le olvidan. La Diputación, el pleno de la corporación de Albacete, aprobó hace unos días, y por unanimidad de los tres grupos políticos con representación en la institución, la concesión de la Medalla de Oro, Honor y Gratitud de la Provincia, a título póstumo, al maestro Dámaso González. Lo que no es cualquier cosa, precisamente.
El presidente provincial, Santiago Cabañero, reconoció al torero como “uno de los grandes embajadores de Albacete, que se hizo un hueco desde su origen humilde a costa de constancia y trabajo hasta convertirse en el rey del toreo”, siendo la entrega de la medalla “un acto de justicia” al reconocerlo como “uno de los más grandes que ha dado esta tierra”.
Tierra de toreros, además; de una nómina tan extensa como brillante que arranca, en este capítulo de destacados, a finales del siglo XIX con Cándido Martínez Pingarrón “Mancheguito”, el primero de la lista que tomó la alternativa, con Fabrilo de padrino y Reverte y Bombita de testigos. Fue, además, fundador de una dinastía -su hijo, su sobrino y su nieto llegaron a ser novilleros- que llega en la actualidad a su biznieto Jesús Picazo, alumno que fue de la escuela taurina local.
Pero sería a mediados del siglo XX cuando el ambiente taurino en la ciudad explota con la aparición de tres diestros que revolucionaron el cotarro: Pedro Martínez “Pedrés”, Juan Montero y Manuel Jiménez “Chicuelo II”. Pedrés y Chicuelo, ambos con doctorado en Valencia, fueron figuras y estuvieron muchas temporadas en las ferias. Montero, que decían que era el de más clase, se quedó, sin embargo, en un segundo plano pero siempre con la admiración y consideración de sus paisanos.
Tras ellos surgió Dámaso, que tomó la alternativa el 24 de junio de 1969 en Alicante, convirtiéndose en la gran referencia de una provincia taurina por excelencia, estando su memoria siempre presente no sólo en los aficionados desde que falleció de manera inesperada, a los 68 años de edad, en 2017, siéndole concedida aquel mismo año la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes a título póstumo.
Al contrario que Pedrés, que se fue a vivir a Salamanca, Dámaso siempre estuvo radicado y vinculado a su tierra y su afición, por la que se volcó, haciendo grande el proyecto de ASPRONA, toreando siempre gratis en su corrida de principio de verano y convenciendo a sus colegas de que así lo hicieran también cuando toreasen en la misma, dando sentido al carácter benéfico de un festejo muy importante para Albacete y que ya veremos cómo queda.
Su proverbial, y recordado, desaliño indumentario, su no menos famoso traje caña y oro, quedaron para siempre en el imaginario popular. Pero sobre todo quedan para la historia su temple y su valor. No había toro que se le resisitiese ni cayese rendido a su poderosísima muleta, siendo anécdota el que unos cuantos listos le fueran contando los muletazos en Las Ventas. Si Pedrés, como acuñó el magistrado y escritor don Mariano Tomás Benítez, fue torero surco, por que de su siembra surgieron muchos otros diestros, Dámaso fue la madeja de la que salió el hilo con el que se cose el toreo en la actualidad.
Qué grande Dámaso. Qué grande Damaso, como le llamaban, y llaman, sus paisanos.





