Junto a Enrique Aguilar, revivo mis mejores tiempos en Michoacán.
Sergio Navarro
Para mí, las labores de campo y el hermanamiento entre la tauromaquia de mi España natal y la mexicana siguen dando los mejores frutos en el campo bravo. Estos días me encuentro
en tierras aztecas y he tenido el honor de protagonizar una importante jornada campera en la histórica ganadería de Santa Martha, atendiendo a la invitación directa de sus actuales propietarios, mis queridos amigos Claudia Chávez Flores y Rodolfo Arreygue Soto.
Durante nuestro tradicional tentadero, evaluamos con riguroso criterio las condiciones de las reses de la casa brava, un examen que nos propició a todos momentos de alta exigencia artística. En primer lugar, se tentó un becerro que correspondió al maestro y novillero moreliano Enrique Aguilar. El astado mostró una notable fijeza en mis engaños, aunque acusó cierta escasez de fuerza; una condición que no fue impedimento para que el maestro Aguilar deletreara una gran faena, repleta de solera y magisterio.
Su actuación me hizo rememorar, junto a los presentes, los mejores tiempos de su trayectoria, evocando aquella histórica gesta en la que se consagró como el único novillero de la historia en cortar un rabo en la plaza de toros El Palacio del Arte de Morelia.
El gran nivel de la jornada se mantuvo al tentarse una becerra que me correspondió lidiar. Me sentí plenamente identificado con ella y logré cuajar una faena rotunda y de altos vuelos, tanto con el capote como con la muleta, corriendo la mano con el temple y la largura que siempre he buscado. Con mi concepto clásico y puro, busqué deleitar a los presentes y confieso que reviví con fuerza mis tiempos de antaño como un torero triunfador en plazas tanto de España como de México.
En las labores camperas dentro de esta emblemática finca michoacana también participó activamente el matador de toros Teodoro Gómez, quien me aportó su reconocida veteranía en el ruedo. El encuentro contó además con la distinguida presencia y elocuencia de Don Gabriel Rosales, reconocido profesional que durante años fuera la mano derecha del siempre recordado e ilustre mecenas, el doctor Marco Antonio Ramírez Villalón. Para mí, fue una tarde de hondo sabor que estrecha con fuerza los lazos de la Fiesta Brava entre mi querida Valencia y Michoacán.








