Se hizo famosa aquella frase, en aquella noche de la crida de hace unos cuantos años. La entonces alcaldesa, Rita Barberá, proclamaba a los cuatro vientos (o quizás más) desde las Torres de Serranos que las Fallas habían llegado y, con ellas, el “caloret”. La frasecita se hizo famosa, creo que más por quien la pronunció que por el valor de la misma. Son ventajas, o lo contrario, de tener popularidad, con polémica incluida: no hay popularidad que no atraiga sus dosis de controversia. Así es, así os parece (Pirandelo).
Pues eso, que “el caloret” se ha instalado en estos primeros días de la semana fallera. Y lo ha hecho a sus anchas, como si estuviera en su casa (en su casa está). Los termómetros se disparan, o como dijo ya un día bien lejano no sé qué locutor de TVE, “la columna mercurial está en lo alto del termómetro”. Ahí queda eso.
Este caloret, desde luego, beneficia la afluencia de la gente a los actos falleros, sobre todo a la concentración de la masa a la hora de la mascletà en la Plaza del Ribó de turno, es decir, del Ayuntamiento. No sé cuantas miles de almas se dan cita, algunas desde primera hora de la mañana, para coger sitio de privilegio. Antaño, hace unos cuantos, cuando uno estudiaba Preu en la Academia Martí, un palacete del siglo XVII, en la calle Caballeros, salíamos disparados (nunca mejor dicho), hacia la plaza que entonces se rotulaba con otro protagonista (no lo nombro para no herir susceptibilidades) en busca y captura de un sitio en aquellas gradas metálicas que se instalaban. Había, que recuerde, dos gradas de este tipo, una en la acera de Correos y otra en la de la Telefónica. Y cada una tenía sus propios “abonados”: en la de Correos nos parapetrábamos los de la Academia Martí, y en la otra los del Colegio Castellanos, otro centro docente con fama por entonces. Y antes del primer trueno, los cánticos de una y otra parte se dirigían a la parte contraria. Era la previa a la mascletà del día.
Y aquellas citas no eran a ciegas, porque la plaza (ancha como los campos de Castilla) no acogía la muchedumbre de ahora, ni mucho menos. Podías incluso pasear entre Barrachina y Balanzá, dos de los establecimientos tradicionales de la Valencia de entonces, de rica y fresca cerveza, en ida y vuelta constante hasta el bombardeo final de la respectiva mascletà. Tiempos fugit!!!
Lo que dije al principio, ¡viva el caloret! Y la cerveza fresca.









