Conocí a Victorino Martín, antes de que le llegase la justa fama y prestigio que alcanzó, por sus conocimientos, por su honradez, por su sabiduría y asimismo por su gran afición.
Durante varios años fuimos vecinos de localidad en las ferias de la Magdalena de Castellón, ciudad en la que contaba con cientos de admiradores, y en la que pasaba algunas temporadas.
Me asombraba en la plaza, como intuía las reacciones de los toros. Como explicaba, en ocasiones, los comportamientos y cambios del animal, según transcurría la lidia. Confieso que me encantaba estar a su lado, Era un pozo de inteligencia. Me enseñó a ver determinadas circunstancias en la lidia, según la disposición del torero. Repito, era un grandísímo aficionado y el mejor ganadero del presente siglo y del anterior. Lo firmo y lo rubrico.
Durante sus estancias en Valencia, alternabámos invitándonos en algún restaurante, preferentemente en las cercanías de la plaza.
Hace un montón de años coincidimos en un viaje a Nimes. Durante el regreso de la ciudad gala, nos detuvimos cerca ya de la frontera española, en busca de algún sitio para reponer fuerzas.
Paco, me dijo, vas a ver si soy original en mi cena. Era un establecimiento también de comida. Se aproximó a un mostrador y pidió dos tabletas de chocolate Nestlé, un paquete de galletas y dos croissants.
La verdad, es que me sorprendió, pero como a mí también me apetecía lo que había solicitado, llevado de mi afición a los dulces, le seguí la corriente y encargué lo mismo. La verdad es los que dos cenamos de maravilla.
En lo personal era un hombre encantador, desposeído de cualquier atisbo de egolatría, sencillo, formal, serio, cumplidor, y un extraordinario trabajador en su ganadería.
Era Víctorino Martín. Y está dicho todo.
Dios te guarde Víctorino. Nos vemos en la eternidad.









