Ferrera se empeñó en perdonar la vida a un buen toro de una gran corrida de La Quinta.
Castellón, 23 de marzo
Primera de la feria de La Magdalena.
Media entrada.
Toros de La Quinta, bien presentados y de buen juego, siendo indultado el cuarto.
Antonio Ferrera (de blanco y oro), oreja e indulto.
El Fandi (de azul marino y oro), oreja y ovación con aviso.
Manuel Escribano (de verde hoja y oro), oreja y silencio.
Foto: Mateo
Arrancó La Magdalena con la recuperación del otrora rentable cartel de toreros banderilleros y que ahora apenas sirvió para cubrir la mitad del aforo. Tampoco, en un afición que se supone torista, el reciente éxito de La Quinta en Valencia tuvo tirón ni respuesta acorde.
Los espadas rehileteros compitieron en el segundo tercio, sin que la movilidad y pujanza de los de La Quinta permitiese alegrías ni florituras. Y eso que no tuvo el encierro de Castellón la exigencia de sus hermanos de fallas pero el conjunto fue noble y de gran juego en conjunto, siendo la guinda el indultado cuarto, bondadoso y suave hasta el extremo.
Se movió mucho el que abrió plaza, con nobleza y docilidad, llevándole Ferrera a media altura en un faena larguísima en la que sólo al final se acopló.
Apretó en el caballo el cuarto, que tuvo un excelente son y ni un mal gesto, toreando Ferrera muy de cara a la galería, sin acabar de meterse con su oponente y descargando la suerte en todo momento. y poniéndose tremendista para provocar el indulto de “Ruiseñor”, marcado con el número 34, de 501 kilos y cárdeno oscuro, una gracia que fue concedida más por mérito del animal que de su matador. El primer toro que se indulta en la historia de esta plaza.
El segundo tuvo motor y fijeza, siguiendo incansable la muleta de El Fandi, al que le faltó un punto de templanza y le sobró un plus de velocidad en un trasteo insípido en el que se dejó puntear el engaño casi siempre.
Tras cumplir con el guión en los dos primeros tercios el granadino se limitó en el quinto a cumplir el trámite con voluntad, muchos muletazos, mucho guiño al público pero sin brillo alguno.
El tercero fue acometedor, humillado y noble. Manuel Escribano se lució al torear al natural pero no acabó de macizar una labor muy intermitente que se fue difuminando poco a poco.
Se lució al parear al sexto, que se quedó corto y se rajó enseguida, haciendo inútil el esfuerzo de Escribano.