Un debut de puerta grande

El gran juego de los toros de Santiago Domecq facilitó el triunfo de Morante y Talavante.

Alicante, 23 de junio

Quinta de feria.
Tres cuartos de entrada.
Toros de Santiago Domecq, muy bien presentados y de excelente comportamiento en conjunto.
Morante de la Puebla (de pavo y oro), oreja y oreja.
Alejandro Talavante (de negro y oro), ovación tras aviso y dos orejas con aviso.
Juan Ortega (de topo y oro), ovación y oreja.
Se desmonteró Javier Ambel tras parear al quinto.

Paco Delgado

Fotos: Verónica Soriano
Alicante se levantó hoy de luto y los aficionados con el corazón roto. Esta madrugada había fallecido Manolo Carrillo, matador que fue en su juventud, apoderado y empresario al retirarse y un loco de la fiesta hasta ayer. Gracias a él salieron toreros en la provincia y levantó y recuperó plazas para la causa. Un minuto de silencio se guardó en su memoria mientras los tardones maleducados de siempre molestaban lo suyo buscando su localidad y provocaban, otra vez, que se retrasase el inicio de la función.
Por contra debutó en esta plaza la ganadería de Santiago Domecq, que contribuyó en gran manera al éxito de la tarde. “Madrugador”, ese era su nombre, fue el primer toro de este hierro que se lidiaba en la historia de la plaza alicantina. Castaño albardado y bien hecho. Con su seriedad. Pero sin gran fijeza en el capote de Morante, que le sacó pese a todo un puñadito de verónicas muy celebradas por la gente. Peleó con bravura en el caballo, llevándose una buena tunda, enardeciendo de nuevo Morante en el quite. Estuvo lugo mucho rato con él, en un quehacer intermitente en el que estuvo más preocupado de los detalles y pinceladas que de una lidia reductora. Una estocada en buen sitio y la resistencia del toro a doblar le valieron una oreja.
Muy poca fuerza tuvo el cuarto, al que Morante fue dando carrete para ir sacando muletazos de afianzamiento antes de, sin que su labor tuviese ligazón ni hilo conductor, dar rienda suelta a su creatividad plástica que enseguida llegó al tendido.
Acometedor y entregado el segundo, permitió a Talavante lucir en una faena templada y de plantas firmes, de depurada técnica pero escasa emoción.
Pronto y alegre el quinto, que sólo veía muleta. Talavante le caló enseguida, unciéndole a la franela  en un trasteo de series ligadas, templadas y largas. Por ambos pitones y en un palmo de terreno. El toro fue excelente y los adornos finales del extremeño fueron la guinda a un turno de nota que le valió salir a hombros.
Se aplaudió mucho el saludo de capa, muy a la defensiva, de Juan Ortega al más cómodo y flojo tercero, noble y repetidor también, al que su matador no acertó a dar la distancia precisa, buscando más la estética que la eficacia.
Apretó en varas el sexto, luciéndose Ortega en el quite. El toro fue otra máquina embestidora, acudiendo sin duda ni recelos a la tela. Hubo gusto y pinturería en lo hecho por el sevillano pero a su obra le faltó la rotundidad que pedía su oponente.

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