Mariscal Ruiz cortó la primera oreja de la Feria de las Novilladas.
Algemesí (Valencia); 21 de septiembre.
Primera de feria.
Lleno.
Novillos de Rehuelga, justos de presencia y de poco juego.
Bruno Aloi (de rosa y oro), silencio tras dos avisos y vuelta por su cuenta.
Mariscal Ruiz (de grana y oro), oreja y vuelta al ruedo.
Paco Delgado
Foto: Mateo
Un año más, pese a los gritos de los antitaurinos, pocos, que, también como cada año, dieron la murga antes del comienzo del festejo, Algemesí vive su fiesta por antonomasia, su semana de bous, su Feria de las Novilladas. Un evento que paraliza la ciudad y que hace su peculiar plaza, única y modelo en su especie, se llene ya el primer día -y así seguirá sucediendo hasta que finalice el próximo domingo 29- de un público festivo, alegre y extrovertido que aplaude a rabiar lo hecho por los diestros que actúan en este coso.
Se lidió para abrir feria un encierro de Rehuelga, justo de presencia y de poca entrega; novillos que no dieron excesivos ni graves problemas a sus matadores pero a los que le faltó la chispa que siempre se espera del encaste Santa Coloma.
Mariscal Ruiz se convirtió en el primer diestro que toca pelo en la presente edición, paseando una oreja al acabar con el segundo ejemplar de la tarde, con el que se lució al veroniquear al escurrido y chico novillo que le correspondió en su primer turno. También se hizo ovacionar al banderillear, pese a que los palitroques no siempre cayeron en buen sitio y anduvo sobrado y fácil con la muleta. Dejó ver su ya mucho oficio y maneras con un oponente bonancible y manejable al que toreó con temple y suficiencia pero quizá con menor con menos compromiso que el que le brindaba la condición del animal.
El cuarto empujó en el caballo y hubo mucha bulla en el segundo tercio. El novillo llegó sin emplearse en la muleta, aunque fue noble y obediente pero sin especial emoción, embistiendo al paso y aplomado. Tardó en matar y se evaporó la posibilidad de salir a hombros.
Bruno Aloi, que tiene todavía reciente el recuerdo y la huella de una cornada, dejó que le dieran duro al su primer novillo en el caballo, que llegó ya muy parado al último tercio aunque cuando detectó dudas en su matador le apretó. El mejicano pasó muchos auros para matar y a punto estuvo de escuchar el tercer aviso.
El tercero anduvo muy justo de fuerza y aún así se le castigó dúramente en varas. No hubo acople entre las partes, llevándose un revolcón el novillero al colocarse defectuosamente que a partir de se momento sacó más decisión y empeño pero sin lograr que su trasteo remontase.









