¿Toro grande, ande o no ande?

Aunque son tres las patas sobre las que se sostiene el espectáculo taurino, no cabe duda que una de ellas tiene un papel imprescindible y cuya ausencia haría inevitablemente inviable e imposible todo lo demás: el toro. Torero y público, siendo, efectivamente, básicos, sin aquel no tendrían razón de ser.

Sin embargo, aunque tantas y tantas tardes haya toros en el ruedo, toreros que los lidien y público que asista a contemplar ese combate singular, no son pocas las ocasiones en las que se contempla una lucha desigual. Principalmente debido a que el animal que últimamente se cría y salta  la arena carece de la fiereza necesaria para que la emoción aflore y se perciba en el tendido. Aunque ya se sabe, y se ha dicho, repetido y recalcado cientos, miles, millones de veces, que el toro más insignificante puede acabar con el torero más experimentado y poderoso. Y ejemplos los hay también a montón.
Pero desde hace ya tiempo, demasiado, en las complicadas labores de críanza y selección ganadera, se ha ido introduciendo en la esencia que mueve a este especimen único en la naturaleza, un componente que provoca que sus revoluciones bajen de manera considerable en el desarrollo de esa exhibición que debe ofrecer en apenas diez minutos. La manejabilidad.
A lo largo de las últimas dos o tres décadas se ha ido perfilando, y consiguiendo, un modelo de toro de mucho mayor volumen, de una seriedad impresionante en sus defensas y de una estética formidable. Nunca se había visto la magnífica presencia que ahora muestran los ejemplares de casi todas las ganaderías. Y mucho más si su destino son plazas como las de Las Ventas, Pamplona o Bilbao, especialmente.
Si echamos la memoria atrás, si, por edad, se tienen recuerdos de las corridas de los primeros años de la década de los setenta, de los sesenta o cincuenta y no digamos nada de los cuarenta, cuando la guerra había esquilmado la cabaña brava española, o si se repasan periódicos o revistas de aquella época, o se pasan vídeos en los que se han grabado festejos de entonces, la diferencia es abismal. Era un modelo de mucho menor tamaño en todas sus variables y, al ver esas imágenes, uno se admira y sorprende al comprobar que no sólo se admitían por parte de todos, sino que se tenían como algo digno de elogio.
Y efectivamente lo eran, pero por una cuestión principal: la casta. No es menos cierto que pesaban mucho menos, que durante mucho tiempo no se distinguía con claridad el toro del utrero, pero aquel ganado hacía gala de un motor de muchas más revoluciones que el de ahora, con una nivel de agresividad mucho más elevado y de un trato mucho más difícil y complicado. No era raro ver cómo atacaban al caballo y cómo hacían sudar a sus matadores. Tampoco es casualidad que las carreras de los de coleta fuesen relativamente cortas y en cualquier caso mucho más breves que lo que ahora se estila. Aquel toro, mucho más pequeño pero mucho más fiero, tenía una lidia desde luego más exigente y el tener que ponerse ante ellos un día y otro era algo que no estaba al alcance de todos los corazones. Véanse ejemplos de antaño y compárese con hogaño, cuando es difícil encontrar en la cabecera del escalafón diestros con menos de diez o doce años de alternativa… e intención de seguir en activo otros tantos.
El toro moderno se perfila para que dure mucho y para que se le puedan hacer cosas que hace medio siglo eran imposibles hasta para las máximas figuras. A cambio ha perdido personalidad. El tercio de varas, excepto en contadas excepciones -que las hay- carece ya prácticamente se sentido y objeto, su docilidad hay veces que enfurece e irrita -menos al que se pone delante, que agradece infinitamente esa bondad-  y la emoción se trasmite al tendido en contadas ocasiones. Y recordemos que la fiesta de los toros es emoción o no es. Así que calculen.

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Aunque son tres las patas sobre las que se sostiene el espectáculo taurino, no cabe duda que una de ellas tiene un papel imprescindible y cuya ausencia haría inevitablemente inviable e imposible todo lo demás: el toro. Torero y público, siendo, efectivamente, básicos, sin aquel no tendrían razón de ser.

Los de Diego Urdiales. Urdialistas. Tiene seguidores a sus pies . Incondicionales. Viendo, diciendo o escribiendo lo máximo de lo máximo. Sea o no verdad. También muchísimos que no porque no van a verlo. No llena una plaza ni de coña. Ni en Logroño, su tierra, ni acompañado de Roca Rey atrae al público.