Julio Aparicio, sale al paso de mucha gente que le acusaba de tener mucha afición por el dinero, incluso de que, cuando tomó la alternativa, brindó a dos personas distintas, para conseguir dos regalos.
Tirando de pico. Una cuestión de intereses
Bromas aparte, después de una corrida en un pueblo de Badajoz, se presentó un señor, que le dice “Hombre maestro pida lo que quiera”. Aparicio no lo dudó
– Oye me podrías prestar 30.000 pesetas que necesito.
– Por supuesto. Sin problema, soy director de un Banco.
– Pues encantado. Tel las devolveré la próxima semana.
Resulta que días más tarde –contaba Aparicio– lo ví en una barrera en Badajoz, cuando le di la alternativa a Mario Coelho. No habrás venido a cobrar –le dijo Aparicio–. No hombre, ni hablar.
Después de la corrida, cuando el torero se estaba duchando, llaman a la puerta, abre su tío Alfredo y aparece este hombre.
–¿Está Julio el maestro?
Dile que no estoy –dijo el matador–. Soy yo –contestó aquel personaje–. Entonces el torero le preguntó si había ido a cobrar. No hombre –contestó aquel–, he venido a darte un abrazo y a decirte que el tema de las 30.000 pesetas ya está olvidado por completo.
– Gracias. No vuelvas a darme más sustos. Creía que venías a cobrar.









